Qué salada, qué entrañable, doña Ferrusola, la matriarca, con su desarrollado sentido de la familia y del ahorro, todo envuelto en una acendrada, además de utilitaria, piedad religiosa. En su oficio de traficante de dinero negro tuvo que inventar ciertas claves de comunicación que despistaran a los investigadores y su ingenio le llevó a emplear un código indescifrable: reverendo mosén, soy la madre superiora de la congregación y desearía que traspasase dos misales de mi biblioteca a la biblioteca del capellán de la parroquia, y él le dirá dónde deben colocarse. Qué ingenio para la criptografía, que deja a la máquina Enigma y a su descifrador Alan Turing en el parvulario del negocio. Quién podría sospechar que el reverendo mosén era el director del banco donde la congregación guardaba el botín, que la madre superiora era en efecto la madre superiora, que un misal es un millón de euros, que la biblioteca, donde se alojan los misales era la cuenta corriente donde se guardan los millones, y que el capellán de la parroquia era el hijo mayor de la congregación, el hereu. Y el mensaje estaba escrito de puño y letra de la remitente bajo un estadillo bancario, para desconcertar aún más a los investigadores. La perspicacia de doña Ferrusola viene a abonar la jurisprudencia sentada en algunas de las últimas sentencias por corrupción según la cual las esposas de los corruptos son por definición tontas de capirote, lo que les permite eludir las condenas que afligen a sus maridos. La evidencia sitúa a doña Ferrusola a la vez dentro y fuera de la trama familiar de corrupción. Si los misales son millones se habría probado que estaba dentro, pero si los misales son misales, queda fuera. ¿Y quién puede decir con certeza que el criptograma tiene una traducción necesariamente financiera y no, por ejemplo, erótica? Tampoco sería la primera madre superiora que se entiende con el mosén de la parroquia, a la vez que se apaña con el capellán del convento. Y aún cabría una tercera interpretación, que el mensaje fuera financiero pero el dinero aludido proviniera de una herencia, otra herencia, esta vez procedente de un legado del padre de doña Ferrusola, según el relato familiar. He aquí un admirable ejemplo de idiosincrasia nacional: el dinero viene y va, no se sabe de dónde ni a dónde, pero la familia, incluidos los ancestros difuntos, permanece como una piña, rocosa e impertérrita. Es, además, una familia sagrada, que representó el destino de Cataluña y en la intimidad vestían hábitos talares, como las imágenes de los santos del románico local, mientras esperaban la canonización.
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