Si ha habido en la historia alguna victoria sin triunfo, esa podría ser la de Macron, aupado a la presidencia de Francia por un voto desconfiado, estupefacto y más voluntarista que convencido. En algún momento de principio de este siglo, en plena temporada de vino y rosas, se rompió el gran jarrón del salón y la juerga siguió adelante como si nada hubiera ocurrido hasta que se acabó el vino y se marchitaron las rosas y no hubo manera de eludir la realidad de los añicos del jarrón en medio de la pista de baile. En la jornada de hoy se elegía entre un artesano que se ha ofrecido a recomponer la cerámica como buenamente se pueda pegando los fragmentos ya veremos cómo y una tosca barrendera dispuesta a no dejar ni rastro del festejo alzada en el pavés de Vercingétorix por el creciente número de expulsados y ofendidos de la fiesta que alimentan su resentimiento en la profundidad de la aldea gala. Le Pen ha sido derrotada, afortunada y previsiblemente, por la doble carga que llevaba su candidatura: la memoria histórica del fascismo y la certeza de que, en último extremo, sus bravatas no contienen ninguna solución a los problemas de la ciudadanía. En resumen, que daba más miedo que esperanza. Macron ha operado como una bomba de vacío para conjurar el pánico y la aversión que despertaba su oponente, pero el voto que ha recibido ni siquiera se puede calificar de republicano, un término glorioso y muy francés que evoca el consenso obtenido por De Gaulle, fundador de la quinta república, porque en este caso no era la república lo que estaba en riesgo ni lo que se jugaba en estas elecciones, sino algo más intangible y desasosegante, que ha quedado pendiente. Macron, tan joven que parece un ángel enviado  del cielo con una cuidada autobiografía de chico milagro, funge de europeísta, pero falta saber si hay una Europa a la que adherirse. La Europa del trilema revolucionario ha desbarrado y no se deja reconocer como la patria de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Al menos un cuarenta por ciento de la sociedad se siente expulsada de la mesa y cuestiona la unión europea, a derecha e izquierda. Esa gente, despectivamente calificada de populista, no ha encontrado aún su proyecto político y tal vez no lo encuentre nunca pero constituye un indicador del malestar que ninguna elección va a enterrar mientras se mantengan las condiciones objetivas que dieron al traste con el jarrón. Macron es ahora una página en blanco, un conspicuo representante del establecimiento financiero y de la política espectáculo, que deberá demostrar que en ese universo cabe alguien más que los mercados, los únicos agentes genuinamente satisfechos con su elección.