Hubo un tiempo en que creímos que el primero de mayo era la festividad más importante del calendario y la única digna de ser celebrada porque recordaba universalmente que la humanidad se hace en el trabajo, en la solidaridad y en la justicia. Era la fiesta de los herederos de la razón: jornada de ocho horas, salario digno, derechos laborales, objetivos que hoy parecen arcaicos y en los que hemos dejado de creer porque el trabajo ha dejado de ser el marco de referencia de la ciudadanía para convertirse en una entidad líquida (en liquidación, literalmente) en la que flotan al albur de las mareas del dinero, precarios, parados, emprendedores, pensionistas, estafadores y estafados. El primero de mayo es, pues, una ocasión como otras a lo largo del año para buscar en internet la oportunidad de una escapada a la playa o para quedarse en casa. Mi generación creció en una época en que esta fiesta era objeto de una eficaz mezcla de mistificación y represión por el gobierno de la dictadura. Dos celebraciones tenían lugar entonces en este día. La oficial, vacua y pinturera en el estadio, bajo el ridículo título nacionalcatólico de sanjoseartesano, y la otra, en las calles, entre carreras, consignas entrecortadas y porrazos de la policía. La democracia acabó con esa farsa pero, para nuestra sorpresa, sacó a la luz un paisaje tejido de desencuentros y plagado de agujeros. Lo que antes había sido una empresa heroica en la oscuridad, a la luz del día era un conjunto de redes y grupos clientelares, a menudo enfrentados y siempre competitivos. El trabajador afiliado se convirtió en usuario de servicios prestados por los sindicatos, sin otra contrapartida que el pago de la cuota y la tenue obligación de secundar a su sigla en esta fecha. El resultado fue que los sindicatos languidecen como agentes políticos y como instrumentos para la transformación de la realidad. El proceso ha acontecido sin épica. Al contrario de lo que ocurrió, por ejemplo, Inglaterra donde el final de la clase obrera como sujeto histórico tuvo lugar tras la durísima batalla del gobierno de Thatcher contra las uniones mineras de Scargill, aquí el mismo proceso se ha producido sin dramatismo, con el consenso de todos, incluso con las correspondientes pinceladas de corrupción, que es el indicador clínico del estado del régimen que nos hemos dado los españoles, como dicen los cursis. En esta provincia, desde hace no menos de tres décadas, la oferta del mercadillo del primero de mayo es muy variada y se articula alrededor de tres o cuatro ejes: moderada/radical, españolista/vasquista, oficialista/protestataria, etcétera. Cualquiera puede atravesar a pie el casco urbano de este mi pueblo en menos de media hora. Hoy, el paseante se internará en un archipiélago de pequeñas manifestaciones sindicales, indistintas para el no avisado pero cada una con sus pancartas, sus esforzados seguidores, sus consignas a garganta rota que nadie secunda y el deseo común de que la liturgia anual termine cuanto antes para tomar el vermú, último acto del puente vacacional del primero de mayo. El único rasgo perenne de esta celebración desde que tenemos memoria son las furgonas de la policía antidisturbios en los flancos de las manifestaciones, lo que indica que todavía hay esperanza.
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