Iglesias se ha embarcado en la moción de censura contra el gobierno de Rajoy con la decisión con que el otro se embarcó en un tren sellado en Suiza con destino a la estación de Finlandia en Petrogrado, el pasado tres de abril hizo un siglo. Ambas iniciativas están guiadas por una cualidad que comparten sus promotores: una confianza absoluta en el propio instinto estratégico y el mismo desprecio por la deliberación y el acuerdo. Cuando la situación está sumida en un maldito caos, la gente está encorajinada y la mayoría de las fuerzas políticas parecen empantanadas en la inacción, la fortuna ayuda a los audaces. El viaje a la estación de Finlandia convirtió a un oscuro exiliado político en el líder de la revolución rusa, en pedagogo de la toma del poder y en guía de una buena parte de la humanidad durante el pasado siglo. En el interior del tren, durante el viaje, todo era incertidumbre. Es el mismo túnel en el que acaba de entrar podemos y en parecidas circunstancias: un líder indiscutible para su grupo y un puñado de acólitos, inseguros y arrastrados por su carisma. Ninguna otra fuerza concernida había sido avisada de la iniciativa con anterioridad, ni siquiera sus aliados políticos. Pero, si hace un siglo era posible que un tren atravesara Europa en guerra sin que lo advirtieran ni los servicios secretos de los países beligerantes, ahora no se puede hacer ni un mohín sin que se difunda de inmediato y se adopten las medidas defensivas necesarias. Ya ha ocurrido. El anuncio de la moción de censura ha tenido un doble efecto fulminante: poner en guardia a todo el arco parlamentario y desviar la atención, al menos momentáneamente, de la charca de corrupción en que está enfangado el gobierno y el partido que lo sustenta. El pepé ya se ha puesto a calentar músculo para el enfrentamiento, que en el fondo desea porque cree que lo tiene ganado, y pesoe y ciudadanos se han abrazado en el rechazo a la iniciativa, no sin cierto susto porque saben que el mensaje les alude directamente. Así que Iglesias estará solo, lo que quiere decir que perderá la moción. Las razones para una moción de censura se resumen con facilidad: es preciso que el parlamento tome cartas para atajar y corregir la deriva del país y lo haga de manera ejecutiva, es decir, mediante la sustitución de un gobierno que es un árbol podrido, aunque todavía tenga raíces y discurra la savia por sus ramas. Los oponentes le recordarán a Iglesias que ya hubo esa oportunidad y él se opuso a que se realizara. El precedente de una moción de censura fallida lo protagonízó Felipe González en mil novecientos ochenta contra el gobierno de Suárez en parecidas circunstancias a las actuales, aunque no idénticas. Suárez estaba en el declive de su carrera y González tenía el apoyo de la todopoderosa, entonces, socialdemocracia europea. González perdió la moción, como se esperaba, pero se consagró como el líder de la oposición y se ganó la confianza de la sociedad como futuro presidente del gobierno. El viajero del tren desembarcó en la estación y clamó: todo el poder para los soviets. Desafortunadamente, el viajero del tramabús no está en condiciones de exigir todo el poder para los círculos. Iglesias tendrá que hacer en la tribuna un esfuerzo titánico para, además de tener razón y conmover a los suyos, alcanzar la talla que ganó González en ocasión análoga. No es imposible, porque las condiciones políticas y sociales son favorables y los demás líderes de la oposición están empeñados en mantener la cabeza enterrada en la arena. Entonces sabremos si podemos vive en la realidad o en un videojuego, como parece hasta ahora.
P.S. El título de esta entrada está tomado a préstamo del de un libro sobre historia y literatura del crítico norteamericano Edmund Wilson, un documento formidable del siglo veinte de lectura aún gratificante.