No sabemos si estamos ante el derrumbamiento de un sistema político o ante un producto genial de la industria del entretenimiento, ante la quiebra de todos los valores y de las instituciones que los representan o ante una telenovela proyectada en multipantalla; no sabemos si debemos sentirnos preocupados o solo epidérmicamente emocionados, si estamos ante hechos históricos o ante un espectáculo en sensorround. Es tan apretada y minuciosa la simbiosis entre la realidad y su representación que no conseguimos discernir dónde empiezan una u otra ni dónde terminarán ambas. Estamos asistiendo a una película a la vez que a su rodaje. Los polis cargados de cajas entrando y saliendo de los escenarios parecen los técnicos de tramoya que preparan el set. El portal de la audiencia nacional es la entrada de artistas por la que desfilan protagonistas y figurantes con el aire reconcentrado de quien necesita bordar su papel porque se juega el futuro profesional o el futuro a secas. Los guionistas deben estar en algún despacho de fiscales y abogados pergeñando las escenas y los papeles de los personajes, quién y cuándo intervienen, si tienen diálogo o son figurantes, quién es el protagonista y quiénes los secundarios, si hay algún mcguffin, todos esos detalles imprescindibles para armar la historia. El guión es endiabladamente complejo, imposible de seguir para espectadores comunes (¿o son ciudadanos?), como debió ser para los espectadores de hace tres cuartos de siglo la visión de Ciudadano Kane, otra obra sobre el poder económico y político, sobre los medios de comunicación y sobre la corrupción que los envuelve a todos (*). Los tertulianos y comentaristas que glosan la historia a medida que se desarrolla, como los pianistas del cine mudo o los directores de cine-fórum de antaño, se creen muy listos pero claramente no saben gran cosa, lo único que se advierte en ellos son las ganas de estar también en la película. Demasiado lío para establecer un relato convencional de lo que ocurre, así que la atención se deja llevar por el afecto y la afición por los personajes más sobrecargados, más melodramáticos, y los intérpretes más reconocidos, y aquí el oscar absoluto se lo lleva doña Aguirre, un animal escénico, una comediante polifacética y un personaje polisémico, que tanto parece una heroína de hierro como una acosada púber, tanto capitana marvel como ama rosa, y lo mismo se hace la rubia que la morena, como en La verbena de la Paloma, igual escupe veneno que llora como una huérfana. La cosa es no salir del foco en la representación. Púnica, gürtel y demás títulos debidos a la creatividad de los investigadores de la guardia civil son los capítulos del relato que comparten las clases dirigentes y las clases populares del país; las primeras, educadas en el caciquismo y la explotación de todo lo que tiene valor; las segundas, adiestradas en los realities televisivos. Y ahí va el autobús de podemos, en busca de un papel en la obra, que, por cierto, ha conseguido, como corifeo de la tragedia, la voz del pueblo que increpa a los dioses y advierte a los héroes de los límites de su acción y de la responsabilidad de sus actos. Todo muy entretenido.
(*) Orson Welles, autor, como es sabido de Ciudadano Kane, que se menciona aquí, realizó al final de su vida profesional Fake, una deliciosa película sobre la realidad como fraude. Si en Kane había una realidad oculta, en esta última película todo era un juego de prestigitación. Fake ilustra un sentimiento compartido por buena parte de la opinión pública y que se puede resumir así: todo este montaje quedará en nada, esos tipos no irán a la cárcel, el dinero robado no aparecerá, sus amigos seguirán en el poder y, pasado un tiempo prudencial, volverán a las andadas.