La transparencia no es un asunto fácil. La información veraz exige un conocimiento preciso de los hechos, dominio del lenguaje que se utiliza para contarlos y decencia en el ejercicio de la comunicación. Al otro lado del hilo, es necesario además que el receptor esté interesado por lo que se le cuenta, que posea capacidad interpretativa y que deje de lado los prejuicios de los que todos nos valemos espontáneamente para reconocer lo que se pone delante de los ojos. Por una causa o por otra es casi imposible que estas condiciones funcionen a la vez, de manera que el acto de comunicación y sus efectos se presentan siempre trufados de equívocos, ruidos y omisiones, la materia oscura de la comunicación, que supone el noventa por cierto del contenido de todos los mensajes que vuelan por ahí. Pero, vamos, nunca se nos había perdido un portaviones y su flotilla de acompañamiento. Nunca, hasta ahora, en la entretenida época de la posverdad de Trump. Ahora ya sabemos que si el emperador de la cresta color panocha dice que ha mandado una flota con sesenta aeronaves de combate y seis mil efectivos a Corea del Norte para ponérselos de corbata a ese tipo gordito que parece un dibujo del manga, lo cierto es que la flota navega en dirección contraria hacia Australia. Podría considerarse una maniobra de distracción pero también un acto de deserción ante el enemigo. Estas serían las hipótesis tradicionales en un mundo predigital del que nos imaginamos la sala de mapas del estado mayor donde serios y competentes auxiliares provistas de un arrastrador de largo mango llevan de un lado para otro de la mesa barcos en miniatura, hacia arriba y hacía abajo, a la derecha y a la izquierda. Pero en el mundo en tresdé, es más probable que la navegación de la flotilla responda a la lógica de un programa avanzado de videojuegos, donde los jugadores, los intereses que defienden, los recursos de que disponen y las reglas mismas del enfrentamiento son múltiples y variables según la evolución del juego. Si no se entiende ni un ápice de juego de tronos, que es una serie con pujos literarios (los podemitas lo utilizaron al principio como manual de estrategia y ya ven por dónde navega ahora su autobús), ¿por qué habríamos de entender las espasmódicas decisiones de un tipo que se expresa por tuiter? ¿Rumbo a Corea del Norte o a Australia? No sé, hay tanta agua y toda azul que es imposible saberlo, pero ese chino del tupé se va a enterar como crea que puede seguir tocándonos las narices. La producción del lenguaje está hoy en manos de ingenieros y no de literatos (y menos desde que nos hemos cargado la asignatura optativa de literatura universal en el bachillerato) y el lenguaje informático que los ingenieros vierten en sus productos no pretende ser claro en el sentido que lo es Shakespeare, sino intuitivo para facilitar la participación de toda clase de usuarios y la celeridad de las respuestas. Que luego vayamos rumbo a Corea del Norte o a Australia ¡a quién le importa!
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