Si podemos se ha quedado sin impulso político y sin ideas con qué reactivarlo, lo peor que podía hacer es salir de paseo. El autobús que ha sacado a la carretera para hacer bolos es una de esas desconcertantes ocurrencias de la comunicación podemita a la que el público empieza a acostumbrarse y que contempla como una banalidad consabida. El mensaje que emite es viejo,  los personajes que señala están amortizados, y la idea de que esas caricaturas puedan formar una trama es ridícula. A estas alturas, solo representan un maldito sainete del que todo el mundo está al cabo de la calle, como lo evidencian los propios dibujos de tebeo que ornamentan el autobús. La misma noción de trama, un destilado de la casta que la precedió, parece manida y tiene una connotación conspiranoide de imposible desarrollo político. La cuestión no es que hay una connivencia entre el capital oligárquico, una parte de la clase política y algunos poderes del estado, porque ¿dónde no la hay?, sino qué naturaleza tiene en este caso, qué consecuencias acarrea  para la sociedad y qué alternativa se presenta a este estado de cosas. Ni una palabra sobre eso. Los politólogos que dirigen el partido y apadrinan la iniciativa del autobús parecen guiados por la idea de que el buen pueblo no ve la tele, ni lee periódicos, ni navega en internet, ni es capaz de relacionar la aguja con el hilo, y ahí están ellos para ilustrarlo mediante unas viñetas itinerantes, como un pliego de cordel. Podemos es el tercer partido del parlamento, tiene setenta y un diputados, lo apoyan cinco millones de votos, gobierna las ciudades más importantes del país ¿y necesita recurrir a una fórmula publicitaria de grupúsculo con afanes de provocación, como los del pene y la vagina? Bien, han conseguido unos cuantos minutos en el telediario, no demasiados, algunas portadas de periódico, no muchas, cierta trepidación en la red y la previsible respuesta de los portavoces de guardia. This is only entertainment. Es hábito de la generación digital creer que sus ocurrencias particulares son de interés público y universal y así hemos llegado a que internet esté plagado de gatitos. La mayor parte de estos mensajes están destinados a un círculo de amigos conectados pero, como la emisión es en abierto, pueden convertirse en virales, que es el sueño de cualquier operador de la red y la pesadilla de los usuarios. Viral y banal son sinónimos en la neojerga digital y los podemitas, que parecen más aficionados al ipad (un soplo de diversión es el lema de la marca) que a la realidad, debieran tenerlo en cuenta.