Hay un prurito en los escritores de este ocaso de la era gutenberg por  tildar con algún calificativo derogatorio cualquier alusión, sea necesaria o forzada, a las redes sociales. Estos autores se sitúan al borde de la trama digital y la contemplan con el gesto de rechazo de quien alardea de un tabú dietético. De estercolero la califica hoy mismo Manuel Vicent, quizás el mejor escritor de periodismo literario desde que tengo memoria, en un artículo de contenido más bien marmóreo que digital, pues trata del inevitable valle de los caídos. Las razones de esta repulsión son obvias: las redes sociales establecen un campo aún inexplorado de la comunicación pública en el que la réplica fácil e inmediata, la horizontalidad en el intercambio de voces, la aparición de innumerables nuevos emisores sin más crédito que su voluntad de estar presentes en el ágora digital, el carácter instantáneo y fugaz de los debates y la formación de nuevos públicos elásticos e inestables son rasgos de un fenómeno que viene a destruir el ecosistema jerárquico, piramidal, restringido, en el que estos escritores han hecho su carrera. En la escritura, entendida como un código de signos estampado en un soporte material, conviven lo perenne y lo transitivo. Lo primero responde a la ambición del autor; lo segundo, a la necesidad del común. En cada paso de la evolución tecnológica, desde la pared de roca hasta el dispositivo móvil, pasando por la tablilla de barro y el libro de papel, se ha producido una mengua de lo perenne en beneficio de la expansión del mensaje. Los soportes son, a cada paso, más ligeros y fungibles, y, en consecuencia, los operadores, más numerosos e improvisados. Por lo demás, las nuevas tecnologías digitales no traen consigo ninguna rebaja de la calidad de la comunicación pública en ningún sentido, si bien es cierto que hacen más visible que antes la promiscuidad entre diversas hablas y niveles del lenguaje. En la era predigital era también comunicación, las pintadas en los muros, los prospectos farmacéuticos, la parla de la barra de bar, los alaridos de los hinchas de fútbol, las sentencias judiciales, etcétera. Lo que hacen las nuevas tecnologías es condensar toda esta materia en una memoria artificial menor que una uña de bebé y dejar al albedrío del usuario su ordenación, su uso y su replicación. El improperio de Manuel Vicent tiene otro sentido, más íntimo, más irremediable. Cuando leo su columna semanal, hábito que conservo desde hace cuarenta años, me asalta la evidencia de que él y yo celebramos una liturgia crepuscular que puede verse interrumpida en cualquier momento, ya sea por defección de uno de los dos o por el derrumbe del puente que nos mantiene comunicados, crecientemente erosionado por la revolución digital. En ese momento, se habrá extinguido un intangible pacto urdido con los mejores materiales de la comunicación y la cultura y seremos nosotros el estiércol que con suerte servirá de abono a la marabunta digital que ya nos envuelve.