Estas líneas se deslizan en la pantalla del ordenador mientras la bandera militar ondea a media asta por la muerte de cristo, un gesto tribal de este gobierno carente de sentido del ridículo y sobre el que es imposible argumentar una réplica racional y menos hacer un chiste, no vaya a ser que el fiscal de la audiencia nacional o alguno de sus chivatos esté de guardia. Todos los ejércitos creen tener a dios a su espalda. Gott mit uns, rezaba el lema grabado en la hebilla del cinturón de los soldados de la wehrmacht, quizás el ejército que más ha hecho por la expansión del ateísmo en el mundo. Este escribiente ha pasado la jornada con sus nietas en un populoso parque de recreo y nadie parecía en aquel recinto preocupado por la altura a la que ondea la bandera en los cuarteles ni por la muerte de cristo propiamente dicha. Tampoco, para decirlo todo, parecían concernidos por la fecha histórica que era hoy ni por los minoritarios y esforzados intentos de evocarla. Lo más llamativo de este sondeo demoscópico a simple vista era la innumerable chiquillería que disfrutaba de la oferta del lugar. Interminables filas de cochecitos infantiles cargados de impedimenta para la crianza aparcaban a la entrada de cada atracción y una legión de parejas jóvenes aparecía dedicada exclusivamente a satisfacer los deseos de sus vástagos y rentabilizar el coste de la entrada. Era la misma multitud que hemos conocido desde los albores de la transición, la que hace con su voto el régimen en el que vivimos. Gente corriente de salario menguado y responsabilidad grande, agobiada incluso en las diversiones festivas, preocupada por arrancar a la vida un poco de bienestar a la vez que perpetuamente amedrentada por si le quitan lo poco que ha ganado. Probablemente, si se preguntara a esta gente, todos querrían un ejército que nos explicara, primero, y nos defendiera, después, del significado del bombazo que ha soltado Trump en Afganistán en vez de pavonearse entre damiselas con peineta de carey y mantilla de blonda a la vera de un jesúselnazareno. Y mientras aquí seguimos de procesión y sin república, en la vecina Francia van a por la sexta (república) después de que el sistema de partidos que ha sostenido la quinta, la vigente, se haya hundido y la disputa electoral parece que vaya a quedar en manos de un banquero (Macron) y de un republicano ecologista  (Melénchon), que algo bueno ha debido hacer porque ya lo comparan con Maduro y con el régimen venezolano. Quién iba a pensar que los políticos y periodistas franceses adolecían de la misma falta de imaginación que sus colegas españoles. Todo indica que el sistema político de todos los países europeos se están igualando… por abajo. Quizás los franceses también terminen yendo en procesión.