Firmo una petición para que sea archivado el expediente disciplinario abierto al bombero que se negó a la vigilancia de un cargamento portuario que transportaba armas con destino a Arabia Saudí. El expediente, que puede concluir con una suspensión de dos años de empleo y sueldo, lo que tendrá severas consecuencias para el bienestar de su familia y de los dos hijos pequeños del bombero, es señal de que la guerra de Oriente Medio empieza a causar daños colaterales en la vieja Europa, como dicen los cursis. Arabia Saudí es una dictadura teocrática empeñada en una guerra punitiva en Yemen que ha provocado numerosas víctimas civiles. Este es el argumento del funcionario sancionado para actuar como lo hizo, con el que es fácil simpatizar a priori, si no fuera porque esa guerra a la que iban dirigidas las armas solo es una parte, y quizás no la más importante en cuanto a sus consecuencias, del enroscado y enrocado conflicto que es oriente medio, donde todos los demonios parecen haber despertado hasta el mismo tiempo. Una mezcla de confusión y horror empaña nuestra mirada sobre este punto del planeta hasta el punto de que el detestado Trump ha conseguido su primera victoria en política internacional lanzando un racimo de misiles sobre una base militar del dictador sirio como represalia a los recientes bombardeos con armas químicas sobre la población civil. Las acciones del bombero y de Trump son igualmente estériles para frenar el conflicto pero avanzan en direcciones opuestas y no hay que ser necesariamente pesimista para comprender que será el camino emprendido por Trump el que tendrá más recorrido. No tenemos más recurso para explicarnos lo que ocurre en el presente que nuestro conocimiento del pasado y Siria se parece, al menos en nuestra imaginación histórica, a la España de la guerra civil: un conflicto geográficamente circunscrito pero en el gravitan intereses internacionales; una cancha de pruebas para medir la resolución y la fuerza militar del adversario; un contexto de crisis económica y de eclosión de fuerzas sociales marginadas e inéditas hasta ese momento, y, por último, un dilema político que parece resumido en dictadura o caos. La pregunta es en qué momento y en qué medida la implicación europea será inevitable. Por ahora, nos ha tocado gestionar la crisis de los refugiados, que carecen de armas y a los que se puede negar impunemente el asilo y la esperanza. También por esa experiencia pasaron los españoles. En aquel tiempo hubo que aprender qué cosa eran fascistas y comunistas. Ahora toca enterarse de qué son suníes y chiíes. Nada será igual para nadie después de esta guerra, ni para los sirios, ni para los árabes, ni para nosotros, los trémulos europeos a los que Trump no se ha dignado consultar su acción de guerra.
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