El paseante regresa a casa con la barra del pan bajo el brazo mientras cavila sobre qué hará luego, cuando oye a su espalda un ¡hola! procedente de una voz metálica. El primer impulso del aludido es buscar el móvil en el bolsillo, pero los móviles, esos virtuosos de la comunicación, no hablan solos. El paseante mira a su alrededor. Es domingo por la mañana y todo el mundo ha tenido esta noche una hora menos de sueño, así que la calle está desierta y el silencio es absoluto. Tal vez sea objeto de la mala sombra de un youtuber, lo que antes se llamaba una cámara oculta. Je, cámara oculta, ¿quién habla así ahora, en este tiempo de cámaras del tamaño y el grosor de un pañuelo de papel? Los tipos de la edad provecta siempre están echando mano de lo que les queda de memoria para estar seguros de que no están muertos. Qué caramba, se arriesga y responde a la voz metálica, ¡hola! Durante unos segundos quiere creer que todo ha sido una alucinación auditiva, pero la voz pregunta: ¿qué vas a hacer hoy? No hay duda, el sonido sale del interfono del portero automático del portal que está a su derecha. El paseante se queda mirando la tablilla de botones con una rejilla en la parte inferior que constituye la máscara del aparato, intentando descifrar la identidad que oculta, y sus intenciones. Nunca había mirado con tanta atención un portero automático. No lo sé, responde acercándose a la rejilla del audífono, es un día raro, me he levantado tarde y estoy pensando en dar una vuelta. ¿Por dónde?, responde la rejilla. El paseante advierte la agitación que se apodera de él, como si en la voz metálica hubiera una promesa, y titubea en busca de una respuesta que no la malogre, pero no la encuentra. No lo sé, no lo he pensado, está nublado y quizás llueva… Ya sé que está nublado, corta la voz, lo llevo viendo desde antes de que amaneciera. Ah, ¿no ha dormido bien? He dormido perfectamente, pero hasta las cinco, luego he tomado un café con leche. Aquí se extiende una hilera de puntos suspensivos que al paseante se le hace eterna. ¿Quiere que demos un paseo juntos?, invita tímidamente a quien no sabe siquiera si tiene piernas. ¿A dónde? No sé, ya veremos, se evade el paseante. Alguien que parece tan listo tendría que tener un plan, un objetivo, y no estar dando vueltas por ahí como un perro perdido, argumenta la rejilla del interfono. Sí, claro, no le diré que no tenga razón, replica el paseante confuso, ¿está usted bien?, ¿necesita algo? Estoy perfectamente y no necesito nada, responde la rejilla. Comprendo, el paseante. Ya nos veremos en otra ocasión, adiós, la rejilla. Adiós, el paseante, cuídese.