Hay ocasiones en las que alguna noticia perdida en la torrentera de información que nos arrastra cada día, te habla a ti. No de ti porque no eres el objeto de la noticia sino de algo que pertenece a tu universo íntimo, que te concierne de manera específica y que despierta emociones que no podías imaginar que tuvieran un interés universal. Hoy me he sentido asaltado por una de estas noticias. El cineasta norteamericano Martin Scorsese se propone restaurar (remasterizar, en la jerga) un puñado de películas de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo pertenecientes a la deslumbrante generación de cineastas polacos de la Escuela de Lodz, de nombres empedrados de consonantes: Jerzy Skolimowski, Roman Polanski, Krzysztof Kieslowski,  Krzysztof  Zanussi, Andrzej Wajda, Andrzej Munk, Wojciech Has. Por alguna razón que ahora se me hace incomprensible, las primeras películas de estos autores, rodadas en Polonia bajo el régimen comunista, estuvieron accesibles para los cinéfilos adolescentes que entonces nos agitábamos en este remoto rincón del planeta, que más tarde ha dado contumaces pruebas de perseverar en su condición de aldea. ¿Cómo explicar el impacto que tuvieron en nosotros películas como El cuchillo en el agua, Faraón, El manuscrito encontrado en Zaragoza o la turbadora Cenizas y diamantes? La idea de que el descubrimiento de estos tesoros por un puñado de provincianos arracimados en el cinefórum de los jesuitas del pueblo fue contemporáneo a la experiencia del propio Scorsese me llena de perplejidad y, qué caray, de inconfesable vanidad. Aquel cine no era una ocasión para el entretenimiento sino una fascinante ventana al mundo. El absurdo de la existencia, la inagotable malicia de las relaciones humanas, la naturaleza del poder,  la seducción erótica, la derrota del heroísmo, el humor macabro de la aventura humana, son nociones, narradas con una elegante elocuencia cinematográfica, que puedo recordar que las películas mencionadas despertaron en aquel joven cinéfilo. Y les debemos algo más: el despertar de un sentimiento de pertenencia a una cultura europea común, humanista, creativa y solidaria. Ahora, sin embargo, se experimenta una contradictoria impresión de lejanía hacia esos monumentos genuinos de la cultura, de los que los europeos parece que hubiéramos desertado. Polonia, el país que los alumbró en circunstancias históricas bien adversas se ha convertido en un desapacible bastión del nacionalismo chauvinista y reaccionario. Ida, que ganó un óscar en 2015, es la última película polaca que se ha visto por aquí con cierta aceptación y resulta innegable la deuda que su director  Pawel Pawlikowski tiene contraída con su predecesores de hace cincuenta años. Pues bien, las instancias oficiales de su país la tildaron de infame insulto al pueblo polaco. En la deriva de esta  Polonia bunkerizada tiene mucha mano Jaroslaw Kaczyinski y su hermano gemelo Lech, fallecido en 2010, ambos estrellas infantiles del cine polaco de los sesenta.