El nomenclátor de nuestras ciudades propende al vacío: calle de la paz, avenida de la igualdad, plaza de la libertad, pasaje de la democracia, términos gaseosos y un tantico ridículos con los que es imposible estar a favor o en contra porque su carácter genérico los hace indescifrables. En el mejor de los casos pueden interpretarse como un anhelo o una vía para alcanzar el nirvana, que, por definición, es el ámbito en el que la historia -la sucesión de acontecimientos que constituyen el karma de un organismo vivo ha sido superada. Vivimos en un país de karma aciago y, en términos prácticos, el neobautismo de calles y plazas constituye la única e insípida iniciativa semántica para establecer, malamente, un consenso sobre lo que nos identifica como sociedad. Los nombres del callejero ilustran sobre el poder y quienes lo ostentan, antes de volverse insignificantes con el tiempo porque nadie recuerda a qué o a quién aluden. Pero, ¿qué hacer cuando el callejero está sembrado de referencias a los protagonistas de un golpe de estado, responsables de una guerra civil y gobernantes de un régimen totalitario que duró cuatro décadas? Del mismo modo que un habitante del paleolítico no era capaz de comprender que vivía en la edad de piedra y si le llegaba algún atisbo de su situación, tendía a desecharlo por comodidad, la mitad de la población de este rincón del planeta encuentra natural, porque así ha vivido siempre, la convivencia con fantasmas históricos que en otros países del entorno hace tiempo que fueron desterrados por mera salud cívica. La atribulada y reticente aplicación de la ley de memoria histórica revela, mejor que cualquier otro síntoma,  la fragilidad  del suelo político de la nación. Bajo el límpido espejo de calles dedicadas a la libertad, la igualdad, etcétera, bulle una profunda desconfianza hacia lo que somos y, para decirlo todo, hacia lo que queremos ser. Y aquí estamos, sin pasado compartido ni futuro imaginado, agarrados a la brocha de un presente continuo. Una modesta proposición en este sentido sería la de cambiar los nombres franquistas del callejero por nombres de personas e instituciones sobre los que haya pocas dudas del carácter universalmente benéfico de su obra, singularmente científicos, lo que tendría una función pedagógica, al menos de momento. Claro que para llegar a esta conclusión, nuestra clase dirigente tendría que remediar su pavorosa ignorancia, que compartimos todos, sobre la ciencia y poner fin al brutal desdén con que tratamos a nuestros científicos. Llegados a este punto del argumento, el nombre tópico que asalta a los de nuestra generación es el del doctor Alexander Fleming, descubridor de las propiedades antibióticas del hongo de la penicilina y a todas luces un benefactor de la humanidad. En mi pueblo tiene dedicada una insignificante callecita cerca de la estación del ferrocarril, en la periferia del término municipal, que en nuestra remota juventud era un callejón infecto, alfombrado de basura y poblado de ratas, como si los ediles de la dictadura cuyo recuerdo no queremos ahora borrar de las placas callejeras que tienen dedicadas hubieran querido castigar la memoria del eminente investigador antes que homenajearlo, quizás porque era británico y ellos germanófilos, como la división azul, que ahora vuelve al callejero por orden judicial. Una lección del pasado y también del presente, que no cesa.

P.S. La imagen que acompaña a este texto es la del monumento en homenaje a Alexander Fleming que la vecina ciudad de San Sebastián levantó en la bahía de La Concha por iniciativa del escultor Eduardo Chillida, autor de la figura. La tarja al pie del monumento informa al paseante y le lleva a una breve reflexión interrogativa sobre para qué es la ciencia, el arte, la política y el civismo.