Hablamos de ese enfermo, no sabemos si convaleciente o terminal, que recorre Europa: la socialdemocracia. El partido socialista alemán (espedé) ha elegido a su líder por unanimidad, cien por cien de los votos. Un resultado que otrora se calificaba despectivamente por aquí de a la búlgara, y que ahora deja a los concernidos socialistas españoles con la boca abierta y un irreprimible gesto de inferioridad y envidia pintado en la cara. El pesoe enfrenta un trance similar al de su colega alemán en un inédito estado de ansiedad, desconfianza e incertidumbre, con tres candidatos en liza para la secretaría general que no cesan de cubilitear con los mantras típicos –unidad, izquierda, liderazgo, etcétera-, pero que no pueden ocultar que están desunidos, que carecen de un programa de izquierda y que el liderazgo está en el alero y al albur de circunstancias imprevisibles y fuera del control del aparato. De alguna manera, diríase que el partido alemán se reencuentra siempre con una robusta tradición socialista, anclada en la memoria histórica de la sociedad, que favorece su estabilidad. Estuvo en la resistencia contra el nazismo, tiene un acreditado sustrato ideológico, ha sido cofundador de la Europa de postguerra y de lo que llamamos estado del bienestar, y por último, opera en un país cuya economía se apoya en el tejido industrial en el que nació la socialdemocracia y le otorga razón de ser. El partido español no tiene ninguna de estas acreditaciones. Históricamente, tuvo enfrente una derecha caciquil, agrarista, propensa al golpe de estado, con la que el posibilismo era un arte imposible y, en su propio campo, siempre tuvo un fuerte competidor a su izquierda: el anarcosindicalismo durante la república, el comunismo durante la dictadura y, tras el periodo felipista, ahora mismo, los competidores son podemos y las otras formaciones regionales de cariz nacionalista. Políticamente, el pesoe acabó fracturado tras la guerra civil, estuvo ausente durante la dictadura, y la refundación felipista fue a costa de romper, incluso orgánicamente, con su pasado, y reinventar un proyecto que más que otra cosa fue un surfeo sobre la ola favorable de la historia, ya saben, aquello del gato negro y el gato blanco, etcétera. En este momento, el problema básico de los socialistas españoles se reduce a un dilema: seguir en la onda fabulosa del felipismo cuando las condiciones que lo hicieron posible han desaparecido por completo o refundarse por enésima vez, nadie sabe con qué mimbres y objetivos. A este fin, tenemos a tres candidatos en raya.
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