La arriscada campaña episcopal contra lo que llaman ideología de género, es decir, los derechos civiles de gays y transexuales, tiene algo de agónico en la propia lógica eclesiástica. Después de librar, y perder, sucesivas batallas históricas, el combate clerical se ha centrado en lo más íntimo del ser humano, el último ámbito irrenunciable de la identidad y de la autonomía del individuo: la orientación sexual, que nadie elige pero que debe ser respetada, atendida y satisfecha so pena de condenar a la persona a vivir en un infierno, este sí, perfectamente real. La iglesia militante, como se decía en el catecismo de nuestra infancia, es ante todo una corporación normativa, cuya razón de ser depende de que pueda imponer a la sociedad su doctrina de lo que está bien y está mal, doctrina a menudo aleatoria, siempre arbitraria, acientífica e indiferente al daño que ocasiona porque el mítico sufrimiento del fundador es la coartada de su predicación. Sin embargo, su hoja de servicios militares está lejos de ser brillante. De derrota en derrota hasta el juicio final, tal parece su consigna. En el siglo XVI Roma perdió la autoridad religiosa sobre la mitad de la cristiandad (Lutero); más o menos por las mismas fechas y durante el siglo siguiente perdieron el dominio de la interpretación del mundo físico (Copérnico, Galileo, Kepler, Newton); un siglo más tarde hubieron de renunciar a la primogenitura de la verdad filosófica  (Voltaire y demás ilustrados); en el siglo XIX se emancipó de su férula el conocimiento de la verdad sobre el origen, la organización y la naturaleza de lo humano (Darwin, Marx, Freud). Pero la peregrinación hacia la nada no cesa y, perdidas las plazas y territorios mencionados, en este siglo mantienen una dura pugna por el control de la libertad sexual de los individuos y la salud reproductiva de la especie, que después de las consiguientes derrotas (preservativos, interrupción del embarazo) el fuego divino viene a concentrarse ahora en la regulación de ese territorio íntimo, innominado y proteico que es la identidad sexual. Quizás no sea casualidad que haya sido una joven famosa por herencia la que haya salido estos días en defensa de la predicación de la iglesia. Una joven rica y ociosa perteneciente a esa categoría sociológica acuñada como it girl. It (ello) es, en la jerga psicoanalítica,  el estrato inconsciente de la psique humana, donde habitan las pulsiones, los deseos y los caprichos. La participación del voluble ello en esta batalla episcopal hombro con hombro con el ambiguamente empavonado cardenal Cañizares es lo que hace que el catolicismo sea la religión más distraída entre las disponibles en catálogo.