A estas alturas de la historia ignorábamos que quedara todavía algún sector de la economía sin liberalizar, es decir, que funcionase con una estructura cohesionada, salarios decentes y sindicatos representativos, desde que la liberalización empezara hace casi cuarenta años cuando la señora Thatcher aplastó la resistencia de los mineros de Arthur Scargill. Pero ahí estaba la estiba portuaria, el último mohicano del viejo régimen ¿cómo llamarlo?, ¿socialdemócrata? Los estibadores constituyen un gremio de tradición combativa, como los mineros, pero desde que tenemos memoria no eran noticia por conflictos laborales, lo que quiere decir que el negocio iba razonablemente bien para ellos y para su patronal. De hecho, esta actividad no ha cesado de dar beneficios a la empresa española  puertos del estado, que el año pasado ganó 217 millones de euros, casi un 8% más que el ejercicio anterior. Pero la unión europea, nuestra querida institutriz, atenta a las necesidades del hogar común, ha decretado la liberalización del sector y en esas estamos. En estas cuatro décadas algo hemos aprendido de lo que significa liberalización: oligarquías financieras, despidos masivos, bajos salarios, desindustrialización y búscate la vida como puedas. Entre otros efectos, la liberalización ha ocasionado que el país que la puso en marcha haya decidido largarse del club europeo. Aquí, la liberalización la inició el pesoe en los años ochenta en la siderurgia, los astilleros, los horarios comeciales, etcétera, cuando parecía una buena idea y no sospechábamos que era parte de una estrategia global de división del trabajo productivo destinada a especializar al país en los únicos recursos nacionales tangibles, el sol y el terreno, vale decir, el turismo y el ladrillo, con los resultados sabidos. El parlamento español ha tenido un reflejo de decencia al negarse a convalidar el real decreto gubernamental de liberalización del régimen de la estiba, lo que permitirá que sigan las negociaciones con los trabajadores del sector. Es una señal de resistencia política a la deriva europea, empeñada en alimentar con sus acciones su propio declive. El mismo día en que la mayoría parlamentaria española cuestionaba el mandato de Bruselas, Europa exhalaba un suspiro de alivio porque los holandeses han frenado de momento, ya veremos hasta qué punto, el fascismo rampante en aquel país. Ahora, a contener la respiración a la espera del turno de Francia en esta montaña rusa en que se ha convertido la política europea. El trance no se ha pasado sin daños: el partido socialdemócrata holandés ha quedado destruido en las urnas, en una situación de penuria y desconcierto parecida a la que muestra su homólogo español, que inició la liberalización de la economía apenas unos años después de que la señora Thatcher marcara el camino.