Apuntes romanos ‘low cost’ I

Avanza la mañana, soleada, tibia, sobre la plaza de San Pedro y, como en la obertura de una ópera, los turistas avanzan a su compás desde todas las calles que dan acceso al recinto. Es una marabunta mansa, pasiva, pero impulsada por una determinación irresistible, que no puede definirse ni como devoción, ni curiosidad, ni arrobo estético, ni sentido de la aventura, sino como un estado en sí. Poco a poco, la plaza es un impenetrable mar de cabezas del que emergen aquí y allá, como boyas de navegación, los banderines de los guías que pastorean diferentes grupos lingüísticos. En el seno de estos grupos, que constituyen la unidad básica de una masa innumerable, los individuos no prestan atención al colosalismo de la arquitectura, que, como apuntó Stendhal, está erigido menos para el culto divino que para la soberbia de los papas, ni tampoco a las volanderas peroratas del guía, encargado aquí de una tarea más administrativa que comunicacional. Bajo un sol que empieza a ser inclemente, la guía evoca, por este orden, las columnatas de Bernini, los guardias suizos (figuras grotescas, según Stendhal) y, por último, al papa argentino. Señala el balcón desde el que se asoma y recorre con el dedo índice el itinerario que sigue en sus paseos rituales por la plaza a la vez que glosa su sencillez, y, en efecto, no cuesta mucho imaginarlo como un simpático emoticono sonriente correteando por este escenario de videojuego interactivo.  ¿En qué piensan los turistas entretanto? Piensan en sí mismos, como los soldados en un desfile o los extras en el rodaje de una película. Los invasores del Vaticano conforman el inverso simétrico del soviet que protagonizó la toma del Palacio de Invierno, otro suceso espectacular de cuyo fracaso se cumple este año un siglo. Como aquellos obreros, soldados y campesinos, los turistas, entre los que hay muchos rusos y chinos, se saben protagonistas de la historia y se han adueñado de un espacio  icónico para celebrar su acceso masivo a la clase media del capitalismo globalizado, mientras que los españoles y otros europeos occidentales están ahí en lo que quizás sea su última hazaña antes de ser expulsados de la misma clase media a golpe de recortes. El arma común a todos ellos es el móvil, y la autofoto, el documento que atestigua su presencia en la historia. Todo lo que les rodea es consabido, inerte, eterno, para decirlo con un tópico, menos ellos mismos, que constituyen la auténtica novedad histórica. Ahora están, si no encima, al menos al nivel de los emperadores romanos y de los papas, de Miguel Ángel y de Rafael, y los selfies, que chisporrotean sin pausa, lo acreditan. Los conquistadores penetran en la Capilla Sixtina y el guión sufre una pequeña y desconcertante variación. Los vigilantes, hasta entonces adormilados e indiferentes al paso de la horda ante sus narices, han recobrado la posición de firmes y anuncian con voz autoritaria que estamos en un espacio sacro, dedicado a la oración, y sus órdenes inapelables –¡silence!, ¡no pictures!– devuelven la docilidad a la masa. Los alienígenas deben plegar las extensiones de los móviles y guardar estos en el bolso. La perplejidad es absoluta, no por los frescos de Miguel Ángel sino porque la falange turística, hombro con hombro y la mirada a lo alto, se ve empujada a un imprevisto ejercicio de introspección. Es una maravilla, es una maravilla, repite una dama entrada en años y procedente del otro lado del Atlántico, mientras contempla el juicio final sin advertir de que lo que tiene delante es la majestuosa ensoñación de una sauna gay. Al descubrirlo, la dama se vuelve espantada por si le hubieran oído el pensamiento, y ahí está, tan tranquilo y sonriente, el diablo, emparedado entre los demás turistas, como ella misma.