Manifestación del día de la mujer, el pasado miércoles. Aquí asistimos miles de personas de todas las edades, me atrevería a decir que una buena parte mayores de cincuenta. A las veteranas (y veteranos) de estas movidas les sorprendió gratamente el número de asistentes, inesperado a tenor de la experiencia de convocatorias anteriores. Había abundancia de razones y de público para sumarse a la convocatoria, un maletar palpable y no solo entre las mujeres, y hubo una cobertura mediática previa que no se había registrado en años anteriores. Esta afluencia de público hizo más evidentes las carencias de la iniciativa. No hubo pancartas, ni discursos, ni consignas y, aparte de la proclama de unas pocas generalidades, que no por ser ciertas son menos consabidas, al principio y al final del acto, las organizadoras no se tomaron la molestia de abundar en los argumentos políticos del encuentro, como si fuera obvio que pudiera reunirse tan numerosa muestra sociológica a las ocho de la tarde de un día entre semana. La marcha discurrió largamente por las calles del centro en silencio, crecientemente distraída y fue deshilachándose poco a poco hasta el final. Entre la conmemoración y la reivindicación, el encuentro tuvo más de lo primero que de lo segundo. Hay un par de causas, me parece, para que la cosa fuera como fue. La primera causa es la falta de objetivo de la convocatoria. El feminismo representa, nominalmente, a la mitad de la población, pero esta extensa representatividad conspira contra la eficacia de los objetivos. El feminismo debe tener en cuenta intereses y situaciones muy distintas en las mujeres y a la vez debe esforzarse por formular un programa político inteligible y asumible por la mayoría, no solo de las mujeres, también de los hombres. El término universalmente acuñado de igualdad de género es un anhelo impepinable pero en sí mismo vacío de contenido. La segunda causa, relacionada con la anterior, es la falta de compromiso de los partidos políticos, del color que sean. Para muestra, dos botones. Uno, la sombría declaración del presidente del gobierno para el que la desigualdad de género no es cuestión de leyes, una idea escueta que presume que no hay nada que hacer al respecto y que compendia impecablemente el pensamiento conservador sobre este asunto. La segunda muestra no es contradictoria con la primera. El mismo miércoles, el grupo de mujeres que llevaba a cabo una huelga de hambre en demanda de un pacto de estado contra la violencia machista la dieron por terminada al entender que se había cumplido el objetivo. Celebramos que cesara la huelga de hambre, porque es una medida indeseable y punitiva para quienes la practican, pero lo que se había conseguido es que el parlamento aceptase la creación de una subcomisión en el seno de la comisión de igualdad, que convocaría a consultas a diversas asociaciones feministas y sociales relacionadas con la situación de la mujer, como si las y los diputados no supieran nada del asunto y necesitasen informarse desde el primer renglón de la cartilla. En resumen, humo. Ningún partido, y menos el que sostiene al gobierno, tienen la lucha contra la violencia machista entre las prioridades de su programa, si se compara, por ejemplo, con los reiterados y solemnes pactos que se firmaron contra el terrorismo hace unos años.
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