La ruina material y financiera de la llamada ciudad de la justicia madrileña es una metáfora pertinente a este tiempo. Los buitres la devoraron apenas asomó la cabeza del cascarón y hoy lo que queda es precisamente el ostentoso envoltorio ovoide en medio de un yermo poblado de conejos. Ni siquiera pueden encontrar la documentación que acredite que ese montón de ruinas fue alguna vez un proyecto racional y no la enésima oportunidad para el trinque de los sedicentes liberales que pastoreaba doña Aguirre, hasta que, ah, caramba, aquí está la documentación. Entretanto, las vetustas instalaciones judiciales de la provincia se caen a pedazos sobre los legajos acumulados en pasillos y rincones aprisionados por el moho. La justicia es el próximo objetivo de las fuerzas políticas en Europa; la batalla inmediata por la conquista del estado. Le Pen, a un paso de ganar las elecciones presidenciales, ha amenazado a los jueces que incordian con investigaciones sobre su partido. La dirigente fascista francesa habla en nombre del pueblo, otra entidad privatizada, convertida en facción. Los que aspiran al mando atacan a la justicia en nombre del pueblo; los que están al mando la utilizan como cachiporra en nombre del estado. Aquí tenemos estrategias de las dos clases, también estos días, en el juicio de los capitostes soberanistas catalanes: la justicia contra la democracia, el pueblo contra la justicia, la justicia como expresión del derecho, la justicia como imposición tiránica, etcétera. La pista del circo político la han desplazado a la sala de audiencias, donde no hay posibilidad de consenso. O te absuelven o te condenan: La solución intermedia por la que te permiten purgar tan ricamente tu condena en Suiza está reservada a los miembros de otra institución pública privatizada: la familia real. Es el efecto más visible y paradójico de la globalización: el cuarteamiento del paisaje social (desigualdad), económico (fraudes y paraísos fiscales), político (privilegios y separatismos), institucional (control de la justicia) e incluso simbólico (posverdad). La palabra de moda, un nuevo significante vacío que básicamente indica que nos hemos quedado sin palabras para nombrar la realidad. Claro está que ya no hace falta nombrarla, basta con sentenciarla, en los tribunales, desde luego, y con el apoyo del pueblo, naturalmente. Bienvenidos a un tiempo nuevo.