A los viejos se nos va la pinza. El patinazo de Bonnie & Clyde en la ceremonia de los oscars -¡noticia mundial, break new, paren las rotativas!- ha traído a la memoria aquel vienes santo en que el cura al que llamábamos el pisabichos porque sus zapatos nuevos producían un crujido característico al andar por la tarima se durmió en los oficios litúrgicos y se desplomó como un saco ante el altar antes de despertar desconcertado en brazos de monaguillos y cooficiantes. Un silencio punitivo, que malamente reprimía la hilaridad contenida en la chavalería presente, acogió la inesperada interrupción de la ceremonia. Los oficios de viernes santo de aquella remota infancia eran como la ceremonia de los oscar, una sucesión larguísima y reiterativa de parlamentos, jaculatorias, idas y venidas por el escenario, con los oficiantes ataviados de ceremonial y los asistentes de domingo, y toda la parafernalia dirigida a un final que siempre era el mismo. Los viernes santos parecían tristes pero ¡eran fiesta! También el tema de fondo de la celebración era análogo al de Hollywood: separar a los destinados al cielo de los condenados al infierno. Por eso, el trompazo del cura fue tan sorprendente. Díríase que estaba en el cielo y pum, cayó, si no al infierno, sí al suelo, que es más doloroso. Cuando recuperó la compostura, el  pisabichos tenía la misma cara de estupor que la de Warren Beatty . Entonces no había televisión, de modo que el suceso quedó aprisionado en la memoria de los testigos, pero ¿a quién contárselo para transmitir el efecto liberador que aquel trompazo inopinado tuvo en la audiencia? Lo que quieren los participantes en los oficios de viernes santo o en la ceremonia de los oscars es que terminen pronto y cualquier incidente sobrevenido que no sea el incendio del local es recibido con agradecimiento por el público y tanto mejor si sirve para la difusión virtual del acontecimiento. La pifia oscaresca de Weatty & Dunaway no solo ha resultado previsiblemente viral (la máxima aspiración de cualquier noticia), sobre la que los artesanos de la red ya han confeccionado innumerables memes, sino que  sus comentaristas se relamen ante la expectativa de que el patinazo pasará a la historia de los oscars. En términos literales así será, sin duda, pero ¿a quién le importa? Cada año, en las fechas que preceden a la ceremonia de Hollywood los medios nos ilustran sobre anécdotas y estadísticas de años anteriores que, lejos de ser informativas, excepto para cineadictos en grado clínico, resultan tediosas y desde luego insignificantes. El infeliz pisabichos  murió sin llegar a ser la estrella mediática que hubiera merecido ser por aquella caída del día de la pasión, pero, a la postre, su destino hubiera sido en todo caso el mismo: el olvido. ¿Quién se hubiera acordado de que Bonnie & Clyde estaban vivos si no hubieran metido la pata?