Una mañana cualquiera, soleada. Dos jubilados pasean por el bulevar hacia alguna parte. Es invierno: chamarra acolchada, pantalones de pana, zapatillas de senderista, gorra de visera, el atavío estándar de los de su edad y condición. Los dos componen un ballet torpón. Andar demorado y punteado de pausas por las exigencias de la osamenta y también porque a esa edad no hay prisa. Todos los caminos llevan al mismo indeseado fin de viaje, así que, a qué apresurarse. Los paseantes caminarían hacia atrás, si pudieran. Uno de ellos gesticula como si construyera el relato con las manos; el otro las tiene entrelazadas a la espalda y la cabeza gacha, absorto, aunque ni él mismo sabe en qué. La conversación es una esgrima de dos monólogos, un tejido  surcado de rotos y descosidos. Algunas palabras, nombres propios, términos específicos, se esfuman inopinadamente cuando van a ser pronunciados y dejan un agujero en la perorata que desconcierta al hablante. El relato va dando saltos hasta que el relator, perdido, mira al interlocutor en demanda de auxilio, ¿de qué estábamos hablando?, a lo que el interpelado responde encogiéndose de hombros. El perfil, antes llamado carácter, aleja a uno del otro. Es una experiencia de la que el sujeto se libera cuando está solo en casa, frente al ordenador, conectado a internet. Al otro lado de la pantalla están la memoria recobrada y el interlocutor aquiescente. Unos organismos invisibles y obsequiosos de los que ha oído decir que llaman algoritmos se apresuran a devolverle las palabras olvidadas, le conducen al encuentro de acontecimientos perdidos y se ofrecen a  representar las historias diluidas en la desmemoria, sin más esfuerzo que unas pocas pulsaciones indicativas en el teclado. Este diálogo lleva a la máquina a conocer mejor a su usuario después de cada sesión juntos y en algún nivel de su insondable inteligencia recrea el perfil de este, como esos mapas de puntos que unidos por una línea descubren la imagen del retratado. En más de un sentido, ordenador y usuario mantienen una típica relación de amo dominado por su criado, tantas veces recreada en la literatura, no en vano se llama servidor al remoto chisme que gestiona el proceso, en la que el poseído consiente y se complace en su entrega al poseedor. El usuario ofrece a la máquina la destartalada constelación de deseos, ocurrencias y sucesos que atestiguan su paso por este mundo y la máquina se apropia del legado con la naturalidad y el oficio de un ropavejero que acude al remate de las galas del difunto. El viejo ensimismado encuentra consuelo  en la creencia de que su perfil le sobrevivirá en la umbría de la red o de la nube o como se llame, igual que a los egipcios les consolaba la expectativa de una eternidad momificada bajo mil toneladas de piedra y arena. E igual que entre los egipcios, el password de acceso a la cámara mortuoria también desaparecerá con él. El viejo siente que está empezando a construir su leyenda.