Podemos, como los demás partidos del espectro, nunca mejor dicho, se ha convertido en un parque temático. Tiene su propio público, interesado, curioso y a menudo perplejo, y sus cuitas internas son un manadero continuo de noticias hacia los contenedores de la industria del entretenimiento. La atracción principal de este parque es el vuelo de Ícaro. Como sabemos, este personaje mitológico escapó del laberinto de Minos con ayuda de unas alas adheridas a los hombros con cera. El objetivo era modesto y necesario, escapar de la prisión en la que el tirano les había recluido a él y a su padre, el ingenioso Dédalo, pero ya en el aire, Ícaro decidió asaltar el cielo y el sol derritió la cera de sus alas y derribó al héroe contra el duro suelo. Como Ícaro, Podemos ha descrito una aparatosa y eufórica elíptica sobre nuestras cabezas para terminar en el laberinto de un partido tradicional, y es sabido que los partidos tradicionales (¿pero hay otros?) tienen que dedicar buena parte de sus energías a lo suyo y, mientras están a eso, mantienen a toda pastilla los altavoces del parque para emitir consignas vacías que retengan la atención del público. No siempre es fácil discernir entre lo que un partido dice, cree y hace, pero ahora la distancia entre el deseo y la realidad se ha hecho tan ancha, tan evidente, que solo un bobo o un cínico puede decir que no la ve. Por ejemplo, cuando los partidos así llamados constitucionalistas se abalanzan a taponar la vía de descrédito abierta por la sentencia del caso Nóos proclamando al unísono que estamos bajo el imperio de la ley o que la justicia es igual para todos. Entre tanto, Ícaro, medio repuesto del atribulado aterrizaje en el suelo de Vistalegre, está dedicado a poner tiritas en las heridas y organizar el reparto del poder interno de acuerdo con el mandato de la asamblea. Era obvio que el perdedor iba a ser despojado de sus cargos políticos; lo que no lo era tanto es que iba a ser compensado con la candidatura a la comunidad de Madrid. Esta canonjía le fue ofrecida por el vencedor para desactivarlo en la carrera por el poder antes de abrirse las urnas que le dieron la victoria y el perdedor se mostró indignado por la oferta, ¿por qué, si luego habría de aceptarla? Al tiempo, la portavocía del parlamento queda en manos de la compañera sentimental del líder, aunque debemos suponer que no por esa causa, pero, ¿cómo saberlo? ¿Cómo saber cuándo la señora Mato era un alto cargo del pepé y del gobierno y cuándo era meramente la cónyuge del señor Sepúlveda?, ¿cuándo doña Cristina de Borbón es infanta de España y cuándo la esposa de un mangante de cuyas tropelías se lucra? A los abuelos –como concesivamente nos llama Iglesias, y bien que eso cabrea a Quirón-, que hemos acompañado a hijos y nietos en la inauguración de este parque temático, nos tranquiliza este retorno a los aburridos hábitos de un partido que ha envejecido de repente, y ojalá que lo haga con salud, que es lo que los jubilados deseamos a nuestros homólogos.
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