Leo un análisis de lo que está ocurriendo en podemos acompañado por el tañido inclemente, pendenciero, de las campanas de San Miguel, que exhiben burlonamente su badajo sobre mi ventana desde el otro lado de la calle. Las campanadas y el artículo que estoy leyendo son llamadas a la ecclesia, a la asamblea, también al ágape, y resulta aleccionador informarse sobre las claves del futuro bajo la música abrupta del pasado o, si se prefiere, sobre los negocios de la corte al cobijo de la aldea. El contraste entre los dos polos de atención produce una desasosegante distopía que estimula las neuronas en este domingo lluvioso. El melancólico artículo que estoy leyendo está firmado por Luis Alegre, uno de los académicos fundadores de podemos, en el que anuncia su retiro del mundanal ruido de la política para volver a su cátedra, a sus libros, a sus alumnos, por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido. Este anuncio está envuelto de un prolijo razonamiento sobre las circunstancias que le han llevado a tomar la decisión, el cual introduce al lector en un drama histórico renacentista en el que las campanas son pertinentes. Resulta que la confusa batalla de capuletos y montescos que esta teniendo lugar en la partido morado es debida a las maniobras de la camarilla que rodea al secretario general, de cuyo maleficio este no es consciente. Así de simple y literal, según el autor: “El actual equipo de Pablo Iglesias (que no conserva ya ni a una sola de las personas que le hemos acompañado desde el principio) entró en Podemos con un objetivo que sólo podía conducir a la destrucción del proyecto”. A los vejetes nos tranquiliza saber que los fenómenos ininteligibles –la física cuántica o la política, digamos- pueden explicarse mediante metáforas claras y consabidas, y mejor si son un punto melodramáticas. De modo que todos estos tensos meses de producción de documentos programáticos, acumulación de fuerzas, convocatorias a elecciones internas, llamadas a la unidad y, sobre todo, tuits a porrillo, pueden explicarse por la existencia de una camarilla de boyardos “dispuesta a destruirlo todo con tal de no perder su condición de cortesanos”. La leyenda de la conspiración es un clásico de la política; y también lo es la inocencia del líder inmarcesible en medio de la tela de araña que lo envuelve: “Pablo es un hombre de honor por encima de todo. Y cuida hasta la muerte a la gente que considera sus amigos. Pero creo que ahora se confunde: llama amigos a quienes no tienen más interés que el de mantener su posición excluyente, incluso si eso implica la destrucción de Pablo (y, por lo tanto, de Podemos)”. El autor, que es profesor de filosofía política, habrá advertido que su argumentación es una descripción del caudillismo. Hay razones para dudar de que los podemitas lleguen a ocupar un renglón en la historia política de este siglo, pero es seguro que son unos acreditados agentes de la industria del entretenimiento.
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