Todos lo hemos hecho alguna vez, lo que explica el titubeo y el desconcierto cuando lo vemos en casa ajena. La orden ejecutiva de Trump para impedir la entrada a viajeros de países árabes a los que se tilda de terroristas tiene lugar exactamente quinientos quince años después de la promulgación de la pragmática de los reyes católicos, emitida el 14 de febrero de 1502, para la expulsión de los moriscos de las tierras del reino. Dejemos de lado la barbarie de la deportación y el daño económico y social derivado de la expulsión de una numerosa población de labriegos y artesanos. Lo que cuenta de este hecho es su carácter fundante de la historia nacional. La expulsión de moriscos y judíos, la inquisición, el pensamiento único del nacionalcatolicismo, la abusiva concesión de prebendas a la iglesia, el carácter absolutista del poder, la apropiación de la tierra por los nobles terratenientes que hicieron la llamada reconquista y el saqueo y despilfarro de las riquezas de indias son los capítulos de la historia que hemos aprendido en la escuela, de la que no podemos escapar y que nos ha vaciado de argumentos y en ocasiones también de esperanza. Todo indica que Estados Unidos ha decidido dar un salto atrás. Ha sido un país abierto, construido por la inmigración, la variedad humana y la tolerancia, y una república titular de un modelo imperial inédito en el que no se trataba tanto de ocupar y explotar otros países cuanto de integrarlos, no sin violencia, desde luego, en un modelo político y económico común, que ahora ha decidido parecerse más al reino que urdieron los reyes católicos, que, después de todo, fue el primer estado moderno de occidente. Nuestro gobierno está aquejado del mismo nerviosismo que ha recorrido todas las cancillerías ante las primeras medidas de Trump pero ¿qué puede decir? Serenidad y calma, aunque castañeteen los dientes. Lo cierto es que el gobierno no tiene ni fuerza ni argumentos para actuar de otro modo. La historia de España es la de una larguísima decadencia desde prácticamente el mismo momento en que se constituyó y solo en las últimas décadas, merced al envoltorio europeo, ha conseguido tener un lugar en el concierto internacional proporcional a su peso económico y político. Ahora, la crisis está a punto de desbaratar también esa conquista y Trump amenaza la integridad de la construcción europea que le da soporte. Así que toca confiar en que el tornado no se llevará la casa. Estados Unidos liberó a Europa de sus demonios domésticos después de la segunda guerra mundial; ahora los ha hecho suyos. No pasará mucho tiempo hasta que a este o a otro gobierno se le ocurra resucitar a los reyes católicos. De momento, la iglesia ya ha empezado por trincar la mezquita de Córdoba, por si acaso.