Mi amigo de juventud Juan Gómez Saavedra, del que nada sé hace décadas, estaba aquejado entonces del mal de la literatura y afirmaba su convicción de que un escritor  podía vivir, con cierta modestia, desde luego, de los premios literarios. En aquella época –años setenta- no había aldehuela ni antro en el país que no considerase necesario honrar su nombre o el de su santo patrón con un premio literario y el registro de estas abundantes convocatorias de las musas llegó a reunirse en un volumen publicado que era la agenda a la fama para mi amigo y los letraheridos como él.  Escrutaba no solo las bases del concurso sino también el ayuntamiento o institución que lo patrocinaba y a los miembros del jurado, entre los que nunca faltaba, junto al inevitable concejal de cultura, algún escritor cuya obra y querencias literarias mi amigo creía conocer bien para adaptar a sus manías la pieza que presentaba al concurso.

Juan Gómez se dedicó más tarde a la enseñanza de la literatura y, hasta donde he podido saber, su obra literaria es microscópica, pero doy fe de que en el lapso de uno o dos años en que mi relación con él fue más intensa, ganó unos cuantos premios literarios de lo más variado en temática y composición que me hicieron admirar su ingenio más que su prosa. Es sabido que la picaresca inducida por la hambruna, que es la placenta en la que nació este país, ha devenido simple corrupción cuando hemos llegado a ricos y hoy la esforzada, democrática e inane industria de Juan Gómez se ha convertido en un desenfadado y provechoso mamoneo entre las elites. Los premios literarios sirven para que instituciones y escritores se la lubriquen recíprocamente a mayor gloria de sí mismos y a riesgo de perpetrar algún extravagante escándalo marginal.

Así ha ocurrido en días pasados cuando una agencia nacional de noticias y una institución de ayuda al desarrollo, ambas de carácter público y al alimón, han otorgado el premio don Quijote (también se han apropiado para sus manejos del nombre más honroso de nuestra literatura) a un escritor de bestsellers históricos por un artículo periodístico en el que equipara las migraciones actuales con la invasión de los bárbaros en el imperio romano. El escritor premiado, que sin duda es más hijo de godos, árabes y fenicios, que de romanos, como todos nosotros, ocupa sin embargo un sillón en la real academia, lo que le permite adoptar una perspectiva senatorial y sumarse de esta guisa al brutalismo trumpiano imperante. Arturo Pérez-Reverte, pues tal es el nombre del perpetrador, ha hecho fama con novelas históricas ligeras, simples y muy populares, que destilan un patriotismo de tebeo. Su literatura jovial es un recocinado de las enseñanzas que chorreaban en las clases de bachillerato de nuestra compartida infancia, y en sus artículos de prensa se muestra desafiante y altanero, a imitación del espadachín que es su personaje más conocido. Pérez-Reverte es a la historia española lo que John Wayne a la conquista del oeste americano. En ese sentido, el artículo premiado se corresponde sin sorpresas con el resto de su obra.

En cuanto a las instituciones que han otorgado el premio, ambas bajo la tutela del gobierno, es evidente que pretendían enviar un mensaje político a riesgo de poner en solfa su propia función social. La agencia efe de noticias debiera ocuparse de que los trabajos que reconoce estén inspirados en el respeto a los hechos y en la ponderación de los argumentos y no sean falseamientos delirantes so capa literaria, como en este caso. En cuanto a la llamada agencia de cooperación para el desarrollo, debiera solicitar la clausura de sus actividades para dedicar los recursos al ejército si, como sugiere el autor premiado, estamos ante una emergencia militar, lo que no supondría ninguna dificultad administrativa para la institución pues tiene cero recursos para cumplir su función de ayuda al desarrollo y sus empleados siempre podrían dedicarse a la recogida de los cadáveres de los bárbaros que el mar empuja a las playas liminares del imperio.