En vísperas de la ceremonia de concesión de los óscars del cine de aquí, los llamados goyas, nuestro bienamado y nunca bien ponderado presidente del gobierno reconoció con la natural pachorra que por ahora es el rasgo más relevante de la marcaespaña, que no había visto ninguna de las películas seleccionadas para los premios. Indignación, protestas y algún sarcasmo en la industria del cine. La pregunta que dio lugar a la respuesta del presidente fue una típica trampa saducea, que los muchachos y muchachas del cine español quizá no sepan qué es, pero cuya elusión sistemática le ha permitido a Rajoy estar donde está. Rajoy no ha hecho nada que no haga la mayoría de los españoles, que es dar la espalda al cine patrio. Es un hecho que a cualquier mercadillo medieval de domingo por la mañana asiste más público que a la película española que se proyecta en el mismo pueblo. Entre acomodarse al suelo mineral de sus votantes o halagar la vanidad de los cineastas, que es el dilema que encerraba la pregunta, a Rajoy no le abandonó el instinto y optó por lo primero. En realidad, no fue una opción sino una robusta actitud que siempre ha estado ahí, y el cine está en otra parte. El presidente no está afincado en la poltrona para hacer amigos en la farándula, que son por naturaleza gente desafecta, narcisista y un punto arrogante. Si Rajoy fuera medianamente aficionado a algún entretenimiento que no fuera el fútbol no sería del pepé ni jefe del gobierno. La militancia conservadora y la cinefilia son incompatibles, como demostró el breve paso por el cargo de aquel fiscal general conocido por la tele como contertulio de José Luis Garci. El mismo Garci cosechó uno de los fracasos de público más estrepitosos de su carrera con aquella película patriótica que le encargó doña Aguirre. Es imaginable el estupor entre la feligresía conservadora si Rajoy, en vez de acompañarse del Marca en las cumbres de jefes de estado fuera Fotogramas lo que llevase bajo el brazo. No es descartable incluso que se oyera alguna tronancina episcopal. Como consecuencia, los negocios de la clase dirigente se celebran en el palco del Bernabéu y no en el estreno de una película de Isabel Coixet o de Javier Bardem. El subtexto de la declaración del presidente, que, claro está, no formuló ante el micrófono pero que habita en la profundidad de su pensamiento puede enunciarse así: si quieren aficionados al cine, las teleseries y los videojuegos pregunten a Pablo Iglesias. Este año no hay ninguna candidatura de la serie Torrente a los premios goya, películas que revelan milimétricamente el envés del país que gobierna Rajoy y que concita tanto público que no parece cine español, como a menudo recuerda irónicamente su director.
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