Martin Scorsese no solo es, probablemente, el mejor cineasta vivo sino, hasta donde se me alcanza, el único interesado en la dimensión religiosa -católica, por más señas- del hombre (aquí el término tiene una connotación de género, pues las mujeres no aparecen en sus películas sino en segundo plano, como mobiliario de la experiencia del varón, como Eva respecto a Adán o María respecto a Jesús). Los personajes de sus historias habitan mundos tribales, bárbaros, extremadamente violentos, donde el estado está ausente o es un agente más de la injusticia reinante, pero en la atribulada conciencia de estos individuos anida un soplo que transparenta nociones religiosas: la comunidad familiar, la culpa, la expiación, la redención, etcétera. Podría decirse que el cine de Scorsese es una continua interrogación sobre los tortuosos lazos que unen al hombre arrojado al mundo con el dios que lo creó. Esta impregnación religiosa está presente en todas sus películas, pero en algunas, que no son ni de lejos las mejores de su filmografía, es la materia misma del relato: La última tentación de cristo, Kundun y ahora la recién estrenada Silencio, una historia sobre la fe, la razón y el quebradizo puente que las separa: la apostasía, en la jerga eclesial. Podemos imaginar que el mensaje de la religión era el único asidero del pequeño Scorsese en la jungla de las calles de Nueva York donde se crió, del mismo modo que en esta película lo es de los degradados campesinos japoneses a los que evangelizan los misioneros jesuitas portugueses del siglo diecisiete. Carezco de sensibilidad religiosa porque, para bien o para mal, la extirparon los curas del nacionalcatolicismo bajo cuyo manto fuimos educados los de mi generación, así que asistí a la proyección de la película con escasa empatía y sentimientos encontrados: fastidio por el terco fanatismo de los jesuitas, conmoción por el inagotable sufrimiento de los campesinos reducidos a carne de cañón de poderes políticos y religiosos ante los que son impotentes y malestar por la gélida racionalidad de los funcionarios japoneses empeñados en salvaguardar el orden y la religión del estado; pero también impaciencia por la interminable duración del metraje e irritación por el tono catequístico de la puesta en escena. La proyección tenía lugar en una sala comercial del último multicine que queda en mi pueblo y al comprar la entrada me informaron que la sesión estaba arrendada a una llamada pastoral universitaria (me imagino que de la universidad del Opus Dei) que iba a celebrar un cine-fórum. El público estaba formado por dos docenas de espectadores, casi todas mujeres de clase media y de la edad de quien esto escribe, y, en efecto, antes de que se iniciara la proyección, un joven curita con alzacuellos y una dama presentaron la película y ofrecieron sugerencias para su interpretación, y, apenas se encendieron luego las luces de la sala, empezó un coloquio al que no me quedé porque no quería revivir cincuenta años después la ceremonia de recuperación de un cineasta para la fe instituida, como intentaron en aquel entonces con Ingmar Bergman para salvar su alma y la de sus cinéfilos seguidores. Un pensamiento, no sé si optimista, me asaltó al abandonar la sala. La última tentación de cristo se proyectó en su día, a finales de los ochenta, en este mismo cine y entonces los correligionarios de los que ahora participaban en un sosegado coloquio la recibieron hincados de rodillas en la puerta del local y vociferando las letanías del rosario para vergüenza de los que nos disponíamos a ver la película. No sé si este cambio de actitud hacia el civismo es una señal de lo alto; después de todo, lo alto siempre está mudo, como indica el cine de Martin Scorsese.
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La verdad es que la película es un coñazo y ese lado de nostalgia católica de Scorsese (que da lugar a cine-forums parroquiales como el que cuentas) me resulta bastante lamentable, una de las razones por las que, siendo un gran cineasta, no diría yo que es el mejor de hoy en día, entre otras cosas porque no hay «mejor», sí varios mejores. En fin, yo me quedo con las comedias de Woody Allen.