Repaso con curiosidad los recordatorios publicados de la matanza de Atocha, de la que ayer se cumplieron cuarenta años. Informes y opiniones vienen a demostrar que aquel crimen está lo bastante lejos como para alimentar una memoria activa y lo bastante cerca como para ser un suceso histórico neutral. Probablemente, tres palabras resumen el estado de ánimo dominante en aquella época: esperanza, incertidumbre y temor, un magma que quería dejar atrás el pasado hacia un régimen más libre y decente, sin saber en qué habría de consistir este. La meta, tan cerca y tan lejos al mismo tiempo, se llamaba democracia, sin entrar en detalles. Hablo de entonces y de la gente del común, no de las fuerzas políticas organizadas que hacían su juego empujados por la esperanza pero sin poder sustraerse al temor y la incertidumbre reinantes. En este clima se produjo el asesinato de los abogados laboralistas de Atocha. Un aldabonazo por la determinación del acto terrorista, la frialdad de su ejecución y la evidencia de los poderes que lo habían alentado. Las víctimas representaban lo más sano y combativo de la sociedad emergente y por eso habían sido elegidos por los victimarios. En ese crimen se encontraron lo viejo y lo nuevo del país: pistolas contra el derecho. Decenas de miles de personas acompañaron a los familiares, amigos y camaradas de las víctimas en el sepelio. Asistí a aquella manifestación llevado por una corriente cívica torrencial, y presidida por un silencio grávido y luminoso, cargado de solidaridad y determinación, como un ensalmo contra la opresiva atmósfera de aquellas fechas. En aquella multitud había, dolor, ira, estupefacción, rabia, sin duda también curiosidad, pero todos los sentimientos estaban compactados en el silencio. Un silencio que aún parece enviar un mensaje en la memoria de los  testigos. El partido comunista, al que pertenecían las víctimas y que organizó la manifestación y el sepelio, emitía sin saberlo el canto del cisne como agente político relevante después de cuatro décadas de sostenida lucha contra la dictadura y por las libertades. Tampoco las víctimas han sido recordadas públicamente, excepto en actos minoritarios y en alguna medida marginales. Ahora, el paso del tiempo y la llegada al foro político de una nueva generación han traído consigo interpretaciones de historia contrafáctica sobre lo que fue o pudo ser aquel tránsito de un régimen a otro. La discusión seguirá aunque, cada vez más, por suerte, a cargo de historiadores profesionales. La transición. ni modélica ni fraudulenta, fue el aprendizaje de toda una sociedad sobre sí misma y sobre las contradicciones y limitaciones que la habitaban, una difícil experiencia de realismo político. Fue un proceso con víctimas pero sin épica, y, si hubo alguna, fue sin duda la épica silenciosa de aquel día.