La mentira es un (mal) acuerdo entre el deseo y la realidad. Cualquiera que lance un mensaje debe lidiar con esta evidencia porque la realidad es cerril y el deseo espontáneo y caprichoso.  En los políticos, la mentira es un hábito que puede llegar a ser muy refinado. Entre la ocultación de los hechos y la negación de la evidencia hay un espacio de matices que incluye el silencio –no hablar de lo que no conviene-, que es la fórmula generalmente empleada por nuestro presidente del gobierno. En esta opción, la realidad se achica al no ser nombrada y el deseo permanece oculto por lo que la mentira queda en el aire, como una hipótesis. La conseja de Goebbels de repetir cien veces una mentira hasta que se convierta en verdad no es aplicable en esta época. Aquel tipo contaba con el monopolio del mensaje y con recursos adicionales para convencer a los escépticos. Ahora la realidad anda por ahí a su bola y a la vista del que quiera verla, y acomodarla al deseo no es fácil. Así que Trump, y sobre todo sus asesores y expertos en comunicación, tienen por delante una dura tarea. El nuevo presidente parece un niño malcriado que nunca ha recibido una negativa por respuesta ni ha experimentado la menor resistencia al cumplimiento de sus deseos. Esta clase de personajes se convence a sí mismo de que no miente porque no necesita llegar a ningún compromiso con la realidad; la cual simplemente se derrite ante el fuego de su voluntad. La realidad, sin embargo, permanece ahí, modesta, molesta e incombustible. Es una realidad documentada que a la toma de posesión del nuevo presidente acudió mucho menos público que a la de su antecesor, luego no es cierto lo que dijo uno de sus empleados de que había sido la jura del cargo más concurrida de la historia. Hasta aquí la mentira, o la falsedad, si se prefiere menos crudamente, pero, como ocurre en estos casos –por aquí lo vemos todos los días-, otros miembros del gobierno salieron en defensa del mentirosillo, y en una circunstancia de tensión epistemológica (la creatividad lingüística es propia de los regímenes fraudulentos) alegaron que lo que el obsequioso empleado había ofrecido eran hechos alternativos. La realidad alternativa es una creencia afincada en el oficio de ocultistas y pitonisas y es una pésima señal que aparezca en las primeras comunicaciones de la nueva administración. El único hecho alternativo memorable de estos días lo han constituido las manifestaciones masivas dirigidas por mujeres y celebradas en Washington y otras capitales para evidenciar el rechazo a Trump y a la realidad que representa.