Las horas lectoras han estado atrapadas estos días en un maravilloso ensayo de crítico literario Marcel Reich-Ranicki sobre Thomas Mann y los suyos, disección de un grupo humano que fue lo más parecido que ha dado el siglo XX a una familia real en el mundo de la literatura. Entre las observaciones del crítico sobre estos ilustres personajes, una llama la atención por lo que tiene de actualidad. Las opiniones y comentarios políticos del gran escritor alemán y de su hermano Heinrich gozaron de mucho predicamento en su país durante el primer tercio del siglo porque estaban firmados por los autores de Los Buddenbrook y El súbdito, respectivamente, no porque las dotes de ambos hermanos para la visión política valieran gran cosa, como demostraron los hechos. Este encumbramiento de autores de ficción en campos en los que prima la realidad, como la política o la economía, y mejor si van juntas, es un hábito de mucho pedigrí que viene de lejos. Novelistas y dramaturgos se suman públicamente a cierta opción política por querencia sentimental, por convicción y también por cálculo, ya que esta situación ensancha su público lector y les proporciona gajes complementarios a los de su obra literaria. A su vez, las fuerzas organizadas de la facción a las que el escritor presta su pluma se muestran complacidas porque sus objetivos partidarios se ven bruñidos por la elegancia de la prosa y la aparente perspicacia del escritor afecto. Mario Vargas Llosa es el Thomas Mann del ámbito de la literatura en castellano y cada domingo nos propina en el diario de referencia una loa al neoliberalismo rampante, acreditada por el hecho de que es autor de La ciudad y los perros, Conversación en la catedral, La guerra del fin del mundo y La fiesta del chivo, novelas que gozan de nuestro eterno agradecimiento. Como a Thomas Mann entonces, a Vargas Llosa le pirria el reconocimiento público. El nóbel hispánico y los así llamados neoliberales de su/nuestro ámbito lingüístico llevan años intercambiando homenajes y zalemas de todas clases y con cualquier ocasión. Hoy es el primer domingo de la era Trump, así que resultaba intrigante la lectura de la homilía de Vargas en el diario de referencia, que trata ¡caramba! sobre las series de televisión. Uno, dos, tres cuatro, cinco, seis párrafos de un artículo que tiene ocho, entregados a disquisiciones sobre las series televisivas, sus trucos y convenciones. Desde luego que hay áreas ocupadas por la realidad más ominosa a las que el nóbel no se olvida de aludir: Rusia, Turquía y, claro está, Venezuela. Pero, ¿y Trump o el Brexit? Ah, en estos casos, como en las series televisivas, “todo puede pasar en ellas porque sus autores y su público (léase, Trump y sus electores) han hecho de entrada un pacto clarísimo: creer que se trata de ficciones, inventos entretenidos que no tienen nada que ver con la realidad”. La presidencia de Trump “solo puede concebirse como ficción”. Aquí tenemos la primera buena noticia de la nueva era, al menos para Vargas Llosa, que es un formidable urdidor de ficciones y un refinado beneficiario de la realidad.
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