El río Ultzama, que pasa por los alrededores de mi pueblo, viene crecido y ha hecho imposible la recuperación del cuerpo de Blanca Esther Marqués, asesinada por su marido y arrojada después al cauce. Concentración de repulsa por el crimen. Unos cientos de vecinos, muy pocos jóvenes, se reúnen frente al ayuntamiento en la primera oscuridad de la tarde y con un frío polar, escuchan el comunicado de condena emitido por el consistorio, guardan unos minutos de silencio, dedican un aplauso final a la memoria de la víctima y se dispersan. Una rutina cívica para hacer frente a una epidemia de barbarie. La concentración vecinal es más esforzada y artificiosa que el crimen mismo, que parece surgir naturalmente de los hábitos de la sociedad: maltratar y matar mujeres. Blanca Marqués y las que le precedieron en esta suerte y las que sin duda le seguirán son víctimas porque son mujeres y el verdugo es su compañero, el tipo con el que un día quisieron construir una vida compartida, quizás un buen vecino, un paisano común. Los concentrados en el frío de la noche están más confundidos que resueltos, ¿contra qué dirigir la indignación?, ¿a quién pedir cuentas? Los crímenes machistas se presentan con una extraña mezcla de banalidad e indiferencia, como si fueran un hecho de la naturaleza. Producen una indignación momentánea en la sociedad pero el dolor regresa pronto al ámbito privado, donde anida el crimen. El asesino ya está detenido, se entregó él mismo. Ha declarado que no sabe por qué lo hizo, aunque estrangular a una persona exige energía y resolución, y odio para alimentar ambas, y luego se tomó varias horas para decidir si se deshacía del cuerpo del delito en el río. El asesino se siente autorizado a matar por la autoridad que cree tener sobre la víctima y luego, como quien ha cumplido un deber, se entrega como un héroe, dispuesto a recibir los beneficios de la duda, o se suicida como un samurai. Un último gesto de arrogancia que echa a la cara de la sociedad, como si esta le debiera algo. Las motivaciones del homicida pueden ser distintas en cada episodio, pero el patrón del crimen es asombrosamente idéntico en todos los casos y el efecto es el mismo. Al término de la concentración, un hombre pegado a su móvil improvisa para un tercero su versión del hecho: un puñado de generalidades para ilustrar su despiste. Los concentrados quieren dar una muestra de fuerza y cohesión pero están inermes. Nadie sabe en qué momento será llamado a concentrarse de nuevo. Falta un diagnóstico socialmente compartido sobre estos crímenes, que sin duda son la punta del iceberg de un estado de abuso extendido, profundo y anclado en la convivencia; falta que los gobernantes pongan este objetivo entre las prioridades de la agenda; faltan medidas educativas, asistenciales y de vigilancia coordinadas y eficientes, y falta valor para ver los hechos y contarlos como son, porque convivir con el asesinato de una mujer cada pocos días nos encanalla a todos.
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En medio de la desesperanza ante los crímenes de los hombres contra las mujeres, al leer comentarios tan tristemente lúcidos como el de Manuel Bear se tiene la sensación de que, quizá, no todo está perdido. ¿Qué degeneración tan profundamente arraigada, casi congénita en los machos, induce a éstos a creerse mejores, más importantes que sus compañeras y les lleva a matarlas por sentirse contrariados, insatisfechos o porque sí, sin más (“la maté porque era mía”)? En español, a diferencia de otros idiomas, tenemos las palabras idóneas (machismo/machista) para designar la fuente última de esa aberración. ¿Cómo es que nuestra sociedad no reflexiona sobre el denigrante contenido de esos términos tan conocidos y usuales y rechaza de forma unánime la violencia animal, inhumana del hombre contra la mujer?