El destino de los humanos es enamorarse de sus palabras. El lenguaje es un intermediario con la realidad que a menudo se emancipa de su función para sostenerse en el aire por sus propias fuerzas, sin anclaje alguno en los hechos sensibles, ante la mirada de los boquiabiertos hablantes que asisten a este fenómeno con el candor y la entrega con que los pastorcillos de antaño asistían a las apariciones de la virgen. Es un fenómeno de ocurre de oficio en la poesía pero también en la filosofía, en el derecho, en la política, desde luego, y, para sorpresa de todos, en las ciencias donde la preeminencia de los hechos debiera ser indubitable. Últimamente lo venimos experimentado, o más bien sufriendo, en las llamadas ciencias económicas, pero no solo. En este universo del lenguaje como fenómeno estético y exorcismo contra los maleficios de la realidad, un cierto de número de palabras adquieren rango de primadonna durante una temporada. Populismo es una de ellas. Otra es líquido. Un adjetivo venturoso que ha venido acompañando a innumerables sustantivos abstractos durante los últimos veinte años: vida líquida, amor líquido, miedo líquido, tiempo líquido, arte líquido, y englobándolas a todos, modernidad líquida. El artífice de esta navaja suiza de uso semántico, el sociólogo Zigmunt Bauman, falleció hace unos días, justo en el momento en que caducaba su invento como herramienta de interpretación de la realidad. La liquidez se ha terminado en todos los sentidos que le da el diccionario: la de los bancos, la de la caja de las pensiones, la del bolsillo de los asalariados, la de las agencias de asistencia social, la de hacienda, etcétera, quizás con la excepción de la alojada en las cavernas de los paraísos fiscales, y, en consecuencia, la abrupta realidad que envolvía la liquidez ha quedado al descubierto. No creo que personajes tan pedregosos como Trump, Putin y compañía, los nuevos amos del mundo, puedan ser calificados de líquidos sin que respondan a la alusión con un sólido puñetazo. El hallazgo de la condición líquida de la sociedad y de sus instituciones y valores puede entenderse como un espejismo del descubridor de la palabra. Bauman, un judío polaco nacido en 1925, recorrió el siglo acosado por fuerzas de muy sólida composición y extrema brutalidad, así que la dilatada verbena neoliberal del último decenio del siglo, a la que asistió en el ocaso de su existencia, le debió parecer, por contraste, líquida. Lo cierto es que la lluvia benéfica ha terminado y con ella el tintineo de los manantiales y la feraz vegetación que nos envolvía a todos, y lo que queda es el desierto que pinta 2001 Odisea del espacio, poblado de primates que aprenden a marchas forzadas la utilidad de las osamentas de las víctimas con las que han saciado el hambre. Lo que apunto gratuitamente por si fuera de inspiración para futuros sociólogos.
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