La fuerte lluvia irrumpe en el paseo vespertino e invita a entrar en la biblioteca pública al otro lado de la plaza. El paseante deja el paraguas a la entrada y distrae la mirada por los anaqueles dedicados a la historia, y la casualidad o la querencia le llevan a un volumen de Laurence Rees, que ya había leído años atrás y que contiene parte del material documental que el autor utilizó en sus célebres programas de la bebecé sobre la última guerra mundial. Los verdugos y las víctimas es el explícito título de la colección de entrevistas que constituyen la materia del libro. El lector vuelve a las cansinas argumentaciones y excusas de los funcionarios del exterminio nazi que se fueron de rositas tras la guerra y reemprendieron una respetable existencia en la próspera Alemania de posguerra. Los entrevistados sin excepción reconocen que fue su convicción de la responsabilidad de los judíos en la penosa situación de su país lo que alentó sus actos y los despojó de cualquier sentimiento de culpa ante las atrocidades en las que participaban. Lo cuentan con la naturalidad y el distanciamiento de un sociópata que se siente a salvo de la justicia. Nada nuevo. El antisemitismo ha sido sin duda la más tenaz ideología de odio que ha segregado Europa a lo largo de su historia y a finales del siglo diecinueve y primer tercio del veinte impregnaba toda clase de discursos y publicaciones y estaba universalmente aceptada en las elites, en la clerecía y en el pueblo llano. Al evocarlo, se produce una asociación de ideas en el lector sobrevenido por la lluvia. Esa misma tarde ha leído que alternativa para Alemania, el partido de extrema derecha que le viene royendo el espacio electoral a la señora Merkel propone la expulsión del euro de Francia, España, Portugal, Italia y Grecia porque tienen economías débiles. El argumento aspira a la respetabilidad científica pero nunca se hubiera encarnado en una opción política con probabilidad de éxito si no hubiera sido sembrada y regada durante años con una campaña propagandística de descalificación de los países mediterráneos, rutinariamente tildados de pigs en los medios de masas y en publicaciones elitistas como Der Spiegel. Hoy, ningún alemán respetable -tanto como lo era el probo ciudadano que llevaba en Auschwitz las cuentas del botín arrancado a las víctimas y al que entrevista Rees- duda de que los países mediterráneos están habitados por una raza de vagos, impuntuales y corruptos, que, en el mejor de los casos, producen una economía débil. En la cultura alemana se da una explosiva combinación de ensoñación romántica y eficiencia técnica que obliga a tomarse muy en serio sus delirios más improbables porque son capaces de llevarlos a cabo, o, al menos, de intentarlo sin que importe el coste. El mapa europeo que dibuja el portavoz de afD  para defender su propuesta económica coincide al milímetro con el que soñaban los nazis en términos raciales. Alemania, simplemente, es distinta y superior a los países con los que se le obliga a convivir bajo la bandera azul estrellada. El proceso sería el siguiente: uno, romper la unión europea como rompieron el tratado de Versalles; dos, convertir a los países mediterráneos en espacios clientelares, como era el propósito original de la implantación del euro y como hicieron con Mussolini y Franco, para lo que hoy contarían con el pujante euroescepticismo que se detecta en los países meridionales, como antaño contaron con los partidos fascistas locales, y, como entonces, estimulados también hoy por la ola de aislacionismo norteamericano que alienta la presidencia de Trump; y tres, por último, si no queda más remedio colonizarían directamente el Mediterráneo, igual que invadieron en los años cuarenta Italia y Francia,  para inyectar fortaleza y competencia a sus débiles economías. El plan de afD incluye llevarse bien con Rusia, como intentaron con el pacto Ribbentrop-Molotov. Nadie habla de armas, por ahora.