(Ocurrencias reunidas alrededor de una facultad agonizante)

La supervivencia es la única disciplina en la que todos somos expertos, mientras podemos contarlo.

Hemos vivido poniendo precio a todo y nos hemos descubierto habitados por la calderilla.

La memoria es una masticación del pasado para hacerlo digerible y justificar la (buena) salud del presente.

El historiador es el ortodoncista de la memoria.

Los nombres propios son los primeros en ausentarse de la oración; es el principio de un relato fantasmagórico.

La humanidad habita en la memoria y se desvanece poco a poco en la niebla de la amnesia, esa droga sedante.

El eterno retorno, un artilugio que nos estimula a la fuga a la vez que revela la inutilidad de intentarla.

Una mujer devastada por la enfermedad de Alzheimer, sentada en silla de ruedas, musita: menos mal que no he perdido la cabeza. (Contado por Quirón).

El público asiste a los lapsos de memoria del conferenciante y contempla el derrumbe de la historia, y abandona la sala antes de que los cascotes caigan sobre sus cabezas.

El estatus de la memoria artificial es la primera cesión de soberanía de los humanos a favor de los robots, antes de la rendición total e incondicional.

Buscadme en el disco duro del ordenador, o mejor, en la nube, el cementerio de la memoria.

Unos pocos términos alfanuméricos  nos dan acceso a la existencia y certifican que estamos vivos: las claves de la cuenta corriente, del móvil, del correo electrónico, del sistema de seguridad del edificio, de la asistencia sanitaria  Todo lo demás, desde los balbuceos del recién nacido hasta los grandes monumentos que nos ha legado la literatura, es prescindible.

Es terrible levantarse cada mañana y no saber quién eres. (Oído en la calle a un veinteañero).