El mundo va p’allá y, entretanto, en mi pueblo estamos a nuestras cosas. Los asuntos de la aldea suelen ser irrelevantes, como en este caso, pero, si acercamos el foco, observaremos que la marcha del planeta no es sino el resultado de los innumerables tirones que las aldeas de toda la vida dan a la aldea global. El caso es que en un rutinario evento político-empresarial para dar quehacer a los fotógrafos de prensa, el presidente de la cámara de comercio local ha propuesto inaugurar el monumento a los fueros. La sugerencia ha sido acogida con aprecio, dice el cronista,  por la presidenta del gobierno regional porque, en estos tiempos de mohína inaugural en el que las obras públicas se reducen a echar una paletada de asfalto en un bache de la carretera, qué mejor que dar unos hisopazos y leer algunos discursos al pie del que acaso sea el más famoso monumento de la provincia, erigido en 1903 pero que, en efecto, nunca ha sido inaugurado oficialmente, aunque representa a lo único que nos une a todos los paisanos de aquí –la hacienda privativa, que los de fuera, envidiosillos, llaman privilegio fiscal-, como lo prueba el hecho de que su hipotética inauguración haya suscitado la repentina coincidencia de dos políticos que probablemente no tienen nada más en común. Si fuéramos académicos finos, llamaríamos a esta iniciativa populismo, pero, ay, en esta historia no aparecen los podemitas, así que no vale. El presidente de la cámara de comercio es un conspicuo representante de la derecha regional de toda la vida y la presidenta del gobierno está en el nacionalismo vasco, facciones enfrentadas, digamos, desde la guerra civil pero que comparten el afecto por los fueros porque ¿a quién le amarga un dulce? La primera ikurriña la diseñaron en este pueblo los fundadores del nacionalismo vasco a raíz del mismo acontecimiento que dio lugar a la erección del monumento que aún no ha sido inaugurado. Fue lo que por aquí se conoce como la gamazada, una manifestación multitudinaria de rechazo al intento del ministro de hacienda del gobierno liberal de Sagasta, Germán Gamazo, de suprimir el régimen fiscal privativo de la provincia, que fue el precio dizque pactado que pagó en 1841 la monarquía constitucional para que acabara la primera guerra carlista. El monumento –una columna frente al palacio del gobierno, asentada en una base pentagonal, sobrecargada de símbolos y leyendas, en cuya cúspide una  matrona blande el pergamino con los reales fueros- es la atalaya que marca el límite, y por último la impotencia también, de jacobinismo liberal del país. Más acá de este monumento se acaba España o empieza una España asimétrica, según quién lo diga, y de lo que quiera que esto signifique hemos vivido dos siglos. El hecho de que aún no haya sido inaugurado puede ser una señal de supersticiosa reverencia porque, ¿quién va a inaugurar la obra de dios? Alrededor de este armatoste hay un par de historias más terrenales y en consecuencia más simpáticas. La primera es que la comparsa de gigantes y cabezudos de la ciudad es más antigua que el monumento, y eso que las figuras son de cartón y papel maché, y la segunda, que la matrona encaramada en lo alto de la columna tiene la cara de la amante del arquitecto que diseñó el monumento, y quién sabe si por esta causa el obispo de la época no quiso inaugurarla. Pero, ¿por qué nos cuenta estas cosas? Qué sé yo. Turismo de la tercera edad, quizás, o porque estamos en fechas prenavideñas y todo es más dulzón y consabido. Y senil.