Alepo. Tardaremos en comprender lo que está ocurriendo en esa ciudad y en ese país, si llegamos a comprenderlo algún día. En realidad, nuestra esperanza, apenas secreta, es que consigamos olvidarlo antes de que nos envuelva por completo. Por primera vez, nos sentimos concernidos y amenazados por una guerra lejana, lo que explica nuestra actitud ante los refugiados. No se trata de que vengan a robarnos los puestos de trabajo o que tengamos que compartir con ellos la sala de espera del médico o los pupitres de la escuela, sino de que no queremos saber de la experiencia que traen consigo: una mezcla de dolor y vergüenza que interpela a nuestra deliberada ignorancia sobre el mundo en que vivimos, sobre la naturaleza de las guerras que empujan a esa gente hacia nuestras vidas. En una reciente exposición del fotógrafo Gervasio Sánchez sobre los efectos de la guerra civil en un país subsahariano sentí esa mezcla de horror y alivio que los europeos solo experimentamos en el cine. Lo que mostraban las imágenes de la exposición era espantoso pero, al mismo tiempo, ocurría en un país muy lejano, exento de referencias y casi imaginario si no fuera por el insoslayable  realismo que la voluntad del reportero había impreso en los documentos que mostraba. ¿Qué sabía el espectador de la guerra de cuyas consecuencias era testigo?, ¿qué podía hacer al respecto? El impacto de la exposición me llevó a un libro alojado en uno de los anaqueles más remotos de la biblioteca y titulado significativamente Lejana África (Gianni Giansanti, 2004; trad. José Luis Gil-Aristu). El libro, hoy descatalogado, es una publicación ilustrada con llamativas imágenes a color que ejemplifican bien la característia curiosidad de los europeos sobre África y que tiene su canon en el trabajo de la cineasta nazi Leni Riefensthal sobre los nuba de Sudán. Grupos tribales de pastores o cazadores nómadas en su entorno natural, entre la sabana y la selva, hombres musculados y altivos y mujeres enjaezadas y cargadas como bestias que hacen de su cuerpo un estremecedor lienzo de escaras, perforaciones y cicatrices de violencia ritual. Las fotografías de Giansanti y de Gervasio Sánchez establecen los puntos de partida y de llegada, respectivamente, no solo de la deriva de esos países que están más allá de nuestra imaginación sino, sobre todo, la evolución de la mirada europea sobre su propia periferia, de la que nada sabe y donde el folclore muta en barbarie ante nuestros desavisados ojos. Las imágenes de ambos fotógrafos tienen un solo elemento común: la presencia del kalashnikov, descuidado sobre el hombro en los nómadas de Giansanti junto a sus rebaños de vacas y firmemente aferrado en las manos de los enloquecidos adolescentes urbanos que fotografía Sánchez. El kalashnikov, la prueba de que no solo somos espectadores sino también actores en esas guerras ignotas de las que quizás la mendiga acurrucada en la esquina de mi casa sea una superviviente. Alepo. Podemos negarnos a escuchar sus voces pero no podemos eludir los ecos.