Cada vez que asoma la cresta en el gallinero es para amargar el desayuno a sus vástagos. Si fuera más corpulento y gastara una luenga barba entrecana daría clavada la imagen freudiana del padre al que los hijos han de asesinar si quieren ser libres. Pero no es corpulento, aunque sí atlético, y su cara, con o sin bigote, alberga una ligera vis cómica, que intenta enmascarar con un gesto de perpetuo cabreo y una risa hueca, entrecortada y tenebrosa con la que rubrica algunas de sus ocurrencias sin maldita la gracia. El exorcismo ante sus apariciones públicas lo practican los humoristas en los clubes de la comedia porque es uno de esos personajes que más rápido han ido a identificarse con su caricatura, pero en el partido que fundó, dirigió y moldeó no están para chistes. Vástago de la clase dirigente de la dictadura, demócrata reticente en sus albores políticos, devino liberal cuando esta ideología había dejado de significar algo en la sociedad para convertirse en el santo y seña del dinero y fue votado mayoritariamente cuando declinó el felipismo, versión local de la socialdemocracia, y  la derecha consideró que había llegado la hora de enmendar la deriva de la transición. Antieuropeísta convencido, o mejor, adversario jurado del estado social y democrático sobre cuyo consenso se urdió la unión europea, cabalgó sobre la ola atlántica que impulsaron Reagan y Thatcher, cuyos frutos postreros han sido, respectivamente, Trump y el Brexit, y su ardor guerrero, intacto porque eludió la mili, le empujó a llevar a su país a una guerra universalmente rechazada y a posar como dominguillo de sus mentores en una imagen que le perseguirá hasta el epitafio. Su política económica, a la moda del fin de siglo, se basó en poner el patrimonio público en un despeñadero de buitres.  Autopistas, urbanizaciones, aeropuertos, hospitales, ahora vacíos e impagados, son las osamentas que quedan de aquel festín, además de una nube de parásitos que en estas fechas desfilan a su pesar hacia los banquillos de los juzgados. Su herencia más conspicua se resume fácilmente: una economía exangüe, una sociedad quebrada e irritada, una parte del país empeñada en la secesión y una corrupción política endémica. En un estado de democracia saneada y con una sociedad civil vigorosa y autónoma hace tiempo que un personaje de este cariz estaría en los libros de historia pero aquí se adquiere la condición de fantasma antes de ser difunto y ahí está el tipo, emergiendo cuando le place de entre los cortinones del escenario para que sus cuitados herederos den un  brinco en la poltrona cuando oyen su voz.