España está de moda en política. Su arquitectura institucional y el comportamiento de los partidos que la administran marcan tendencia en la Europa mediterránea. Otro día hablaremos del socialismo francés, que parece seguir la senda del pesoe. Pero hoy toca Italia, cuyo primer ministro, Renzi, intentará mañana validar mediante referéndum una reforma constitucional que persigue lo mismo que ya tiene Rajoy aquí, un gobierno fuerte, que no necesite a la oposición ni para bien ni para mal y pueda moldear a su gusto otros poderes del estado, como el tribunal constitucional, sin menguar un ápice el enjambre de cargos y carguetes públicos a dedo que constituyen la viga maestra del régimen clientelar sin el que la política es inimaginable a orillas del cálido mar Mediterráneo. El sistema constitucional italiano data de 1948 y, como nos ha recordado en innumerables ocasiones Enric Juliana, fue diseñado para evitar el retorno de cualquier nueva tentación mussoliniana, así que es densamente parlamentario. Dos cámaras legislativas fuertes y gobiernos débiles, que cambian sin necesidad de apelar a nuevas elecciones. Un gobierno tras otro, coaliciones diversas y oportunistas, hasta que el mecano funciona. El resultado es mareante para quienes, fuera de Italia, no lo han experimentado, pero ha dado estabilidad y ha servido al país durante setenta años, y comparado con otros países, por ejemplo el nuestro, no puede decirse que haya dado malos resultados. Renzi quiere mutar esta estructura a favor de un gobierno fuerte, mediante la conversión del senado en un consejo sin competencias legislativas, abierto a cargos regionales -diputados de las regiones y alcaldes, es decir, consolidación de las redes clientelares- y una ley electoral que prime a la minoría mayoritaria para hacerla mayoría de gobierno. Es el viejo sueño de Rajoy de que el partido ganador gobierne aunque sea minoritario y tenga enfrente a la mayoría absoluta de los electores, y que Rajoy no ha podido llevar a la ley electoral pero sí a la práctica, merced a la colaboración de los socialistas. La crisis global que nos envuelve achica el espacio de maniobra de los estados nacionales y la tendencia de los partidos que han venido gobernando, y que aún son representativos del sistema, es arrojar por la borda la alternancia derecha-izquierda y demás florituras típicas del sistema parlamentario de antaño, y fuera populistas, a favor de un conglomerado de intereses bajo un ejecutivo fuerte, dicen que para mejorar la eficacia de la acción de gobierno. Eficacia, ¿para qué y hacia dónde? Ah, las preguntas de una en una. El riesgo de Renzi radica en que se ha visto obligado a llevar la reforma constitucional a refrendo de la ciudadanía y es sabido que, en estos tiempos, estos artilugios los carga el diablo. Los italianos están perplejos y divididos porque la nación, como todas las naciones europeas, está quebrada. Si votan sí, no saben a dónde van; si votan no, no saben a dónde regresan. En eso también, España hizo los deberes con tiempo. El gobierno fuerte y el parlamento débil (además del senado perfectamente inútil excepto para apuntalar el tinglado) ya fueron aprobados en 1978. Rajoy solo ha tenido que esperar un año para recoger los frutos. Pero la incertidumbre y la división continúan.
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