Píldoras verbales, perdigonadas semánticas, titulares, tuits, consignas, ocurrencias de argumentario, mensajes de no más de veinte palabras, o mejor aún, de ciento cuarenta caracteress, constituyen el nutriente de la información que nos envuelve, el andamiaje de la opinión con la que operamos. Copio un par de titulares de prensa congelados en una libreta de notas: Hemos de celebrar que sigue habiendo locos, o este otro, El independentismo catalán nos enseña a crear una utopía disponible. Sartas de palabras que, más allá de su corrección sintáctica, no significan nada, utilizadas al buen tuntún para provocar cierto impacto emocional en gentes que se crean locas, independentistas, catalanes y utopistas, por este orden, y sin embargo pretendían atraernos a un relato coherente y articulado. Estamos en el grado cero del discurso, en el que las palabras flotan inermes  y casi nadie penetra en la fronda de la cuestión después de haber sido picado por el titular o el tuit. Durante todo el siglo pasado estuvo vigente el clásico paradigma de la comunicación: emisor – canal – receptor, al que los estudiantes con ganas de sacar nota añadían al comienzo de la cadena la fuente y al final, la respuesta (más finamente, feed back). En este esquema, la atención se dirigía al emisor y al canal porque se consideraba que la comunicación era vertical, una arquitectura de dominación en la que el mando lo ostentaba el que producía el mensaje y lo más importante para sus intereses no era el contenido, porque decía lo que le daba la gana, sino la potencia de los medios que empleaba para difundirlo (el canal) porque la penetración del mensaje era la medida de la eficacia de la comunicación. Tardamos en entender que el receptor, considerado el factor pasivo del proceso, tenía estrategias propias y activas, derivadas de sus intransferibles intereses y de su situación lingüística, cultural o social, que redimensionaban el mensaje, lo ampliaban o lo ignoraban según reglas a menudo inextricables. ¿Qué hace que una noticia cree opinión y qué opinión crea?, ¿por qué funciona determinado eslogan publicitario y no otro? Eran preguntas típicas de antaño, cuando el receptor era una masa potencial y de matices costosamente discernibles. Ahora, el mando (a distancia, nunca mejor dicho) de la comunicación lo tienen los receptores. El dispositivo móvil no solo atomiza la audiencia de los mensajes sino que convierte a cada receptor en emisor y dueño de un canal susceptible de multiplicarse infinitamente. Es un artefacto tan complejo y poderoso que a menudo solo sirve para que el usuario se comunique consigo mismo. Con un móvil en la mano, cualquier individuo se convierte en una pequeña potencia mediática autosuficiente. En términos militares es una mina unipersonal frente a la bomba atómica de las grandes corporaciones mediáticas. La guerrilla frente al gran ejército. Por ahora la pugna está in progress  y, como es obvio, tiene una clara representación política. Los partidos tradicionales –centralizados, piramidales, jerárquicos, singularmente el pepé porque el pesoe empieza a esta fuera de juego también en este campo- cuentan con su propia artillería mediática, cañones también tradicionales, muy solemnes y de amplio alcance unilateral. Enfrente, los partidos emergentes tienen la fusilería de las redes sociales y los diarios en línea. Han debido aprender que el futuro está más distante de lo previsto y se preparan para una larga guerra de guerrillas, de modo que la dialéctica que mantienen con los medios tradicionales es más azarosa que la mantienen los viejos partidos a cuyos prebostes les basta mover una ceja o hacer una indicación a la empresa titular de los medios para conseguir la corrección de tiro que necesitan. Los emergentes tienen que pelearse con el francotirador, bajar al barro con el móvil en la mano y encararse con el periodista que no apunta en la dirección que les gusta. Y todo, a la vista de la audiencia, encantada de tuitear, comentar, enlazar, difundir y memetizar  el mensaje original hasta hacerlo  irreconocible. Lo bueno es que en el grado cero de la comunicación no es necesario reconocer los mensajes, basta con jugar con ellos como en una piscina de pelotas.