El largo velatorio de Fidel -nueve días de duelo oficial, de silencio y contrición, dan para muchas ocurrencias- ha traído a la memoria una leyenda de mi provincia que se non é vero, é ben trovato, ocurrida en los primeros años confusos de la transición. La democracia sirvió, entre otros fines, para desasnarnos sobre lo que era la política y este aprendizaje tiene matices muy alambicados que nos han arrastrado finalmente a situaciones inimaginables entonces. En aquel periodo 1979-1983, los artífices del nuevo régimen español diseñaron para esta provincia un estatus transaccional, híbrido de antiguo corporativismo y nueva democracia, que, por cierto, quedó para los restos incrustado en el adn de la política regional, según el cual la diputación provincial, aquí foral, se eligió por sufragio universal hasta que se aprobara el estatuto de autonomía, aquí amejoramiento del fuero. El objetivo era evaluar las fuerzas políticas presentes y especialmente el peso del nacionalismo vasco en la región, pero eso importa poco a los efectos de esta historia, como todo lo que tiene que ver con chorradas identitarias porque el poder y los placeres que depara van de otra cosa. En un cierto momento, el presidente de la diputación electa, del partido de la derecha centrista de la época, cursó una visita oficial a Felipe González, entonces recién elegido presidente del gobierno. En los trámites de cortesía, éste preguntó a nuestro preboste si le apetecía tomar algo. Hombre –respondió el visitante-, si me das uno de esos puros toshiba que te manda Fidel.  Felipe, atentamente, abrió la pulimentada caja de exclusivos cigarros cohiba y le ofreció que se sirviera. Aquel presidente de la diputación foral tuvo ocasión de regalarse con el sabor y el aroma de tan selecto tabaco aún antes de que supiera siquiera pronunciar su nombre y, por supuesto, tuviera conciencia de dónde venía y en qué condiciones era producido. El amigo Fidel, con el que nos unían indestructibles razones de fraternidad histórica,  era, básicamente, el proveedor de habanos. A partir de aquel momento, nuestros prebostes, fueran del partido que fueran, han tenido innumerables  ocasiones de llevarse a los labios un cigarro toshiba y lo que cuenta es que fue Fidel y las labores de su isla –bajos salarios, largas jornadas y mucha esperanza en un mundo mejor- el que les proveyó de ese placer. Ignoro si nuestro antiguo presidente ha dejado de fumar, pero sí sabemos que Felipe cambió de proveedor de tabacos y sin duda de placeres y de convicciones. Los únicos que siguen atados a sus bancadas de madera son los tabaqueros de La Habana enrollando la preciosa mercancía con sus manos, a la espera de que una multinacional o una franquicia los despida a todos para sustituirlos por robots.