La primera vez que oí hablar de Oulipo fue una tarde lluviosa de los años setenta en una cafetería madrileña de la carrera de San Jerónimo y mi informador era Javier Mina, que entonces cursaba estudios de literatura en La Sorbona. Hasta donde recuerdo aquel encuentro, su pasión de panegirista fue pareja a mi confusión. Oulipo no es el nombre de un extraterrestre encontrado en el patio trasero de la casa de Mina, como me pareció entonces, sino un movimiento o cofradía de escritores contemporáneos, franceses en su mayoría, que practican el oficio de acuerdo con ciertas reglas restrictivas o propositivas a fin de estimular la investigación y la creatividad en el texto. Por ejemplo, urdir un relato en el que esté ausente una determinada letra del abecedario o escribir un mismo cuentecillo en todos los estilos imaginables, desde el bíblico hasta el telegráfico, por citar dos productos canónicos del movimiento. A estas experiencias de literatura festiva, y diría que ociosa si no fuera una redundancia, la cofradía le pone nombres como lipograma, tautograma, etcétera, destinados sin duda a pasar la vejez en algún diccionario de literatura. Después, y antes también, de aquella tarde lluviosa, Mina ha practicado con tenacidad y a su aire disciplinas literarias y pictóricas,  de las que ha acumulado una obra copiosa. amena y muy variada, y en los últimos años ha escrito libros de ensayo que yo no dudaría en calificar de oulipianos. Esta tarde se presenta en la librería Walden el último, Libros para la guerra, cuyo título es más explícito que el contenido. Si no me equivoco, el plan de Mina para redactar estos ensayos consiste en adoptar un lugar común, una especie de plataforma nocional o de premisa propositiva, y rastrear su huella por todo el espacio y el tiempo conocidos, desde la prehistoria hasta la post modernidad y desde el desierto de Gobi hasta la playa de la Concha en San Sebastián. Así lo hizo con los tiranos y la tiranía (Tigres de papel), con parejas de individuos aquejados de simetrías existenciales (Vidas paralelas), con la ceguera (La mirada fósil), con el pensamiento ensayístico (Montaigne y la bola del mundo), con los paseantes literarios (El dilema de Proust)  y ahora con la literatura belicosa. El lector puede imaginar la cantidad de material documental en el que es preciso escarbar para escribir un libro así (y si no consigue imaginarlo, puede consultar la bibliografía al final para tener una idea del esfuerzo). El resultado está entre lo interesante y lo sorprendente. Lo interesante radica en la torrentera de historias que se ofrece en las páginas de estos libros.  El lector es aquí transportado por un tour operator de la literatura a través de escenarios inesperados, exóticos y bizarros, que avista como desde la ventanilla de un tren. La sorpresa es que, como ocurre en estos viajes de turismo acelerado, lo que se ve no siempre cumple con la promesa del título, si bien es tal la fronda del texto que el lector puede estar seguro de que será recompensado con algún hallazgo feliz. Oulipo se presenta a veces como una caja de herramientas de la literatura; los ensayos de Javier Mina son cajas de herramientas del conocimiento.