El pasado fin de semana, el vasto atrio del llamado monumento a los caídos de mi pueblo ha estado alfombrado de cientos de claveles rojos que la intemperancia de la estación ha revuelto con las hojas caídas de los árboles y finalmente entregado al olvido por obra de los barrenderos municipales. Los claveles han sido el homenaje breve de los nostálgicos de la dictadura a los golpistas, generales Mola y Sanjurjo, cuyos restos mortales han sido exhumados de la cripta de este monumento a la división y a la muerte con destino a una sepultura más piadosa y privada donde se encontrarán con la eternidad sin más cobijo que sus actos, un destino que todos compartimos. El proceso de exhumación ha sido políticamente legal, administrativamente impecable, y discreto y pudoroso en su ejecución, tanto que resulta difícil encontrar en la red vestigio de la noticia, y desde luego se ha realizado con el acuerdo de la población. El ayuntamiento ha elevado a la categoría política de normal, lo que a nivel de calle era plenamente normal, para decirlo con la acreditada sentencia de Adolfo Suárez, el padre de nuestra democracia que, en estos días y por mor de unas declaraciones rescatadas de los archivos, ha pasado de héroe nacional a chiflado que había perdido la chaveta. Los claveles otoñales de mi pueblo y la atribución de demencia a Suárez brotan de un mismo humus ideológico que exige mantener clausuradas ciertas criptas de nuestra historia. La razón, también histórica, es que la democracia española no se construyó, como en el resto de Europa, incluso en las más tardías, como las de Portugal o Grecia,  sobre el consenso antifascista sino justamente para integrar el fascismo en la democracia mediante la amnistía, que significa olvido, de sus acciones más flagrantes. Esta anomalía otorga a España su condición de país excéntrico, ensimismado en su pasado como en un bucle sin fin. Es el mismo humus cultural que conserva instituciones subvencionadas y dirigidas ensalzar al dictador, cuyos guardianes saltan a la palestra de vez en cuando para divertimento o irritación del respetable según quién atienda a sus peroratas, como ha ocurrido también estos días de brumario con cierto portavoz franquista, una especie de friqui del que no sabemos si es un fanático, un indocumentado o un provocador, pero cuyas ocurrencias se librarán del escrutinio de los tribunales porque no es un titiritero ni un concejal de podemos.  Claro que todo esto va a ser pacotilla con la que se nos viene encima. El mismo portavoz  franquista reconoce que la victoria de Trump y la probable de Le Pen en Francia son signos de madurez de la sociedad. Aún es posible que veamos el retorno de Mola y Sanjurjo a la cripta de los caídos, y más claveles, esta vez de primavera.