El ex ministro y notable socialista José (o Josep) Borrell ha sido víctima de unos estafadores agazapados en internet que le han levantado ciento cincuenta mil euros. Los estafadores ofrecían plusvalías en operaciones especulativas con divisas, así que no es probable que el suceso despierte una ola de indignación y solidaridad con el estafado en las redes sociales, como mucho, algunas sonrisitas reprimidas o algún chiste de dudoso gusto. Pero pocas veces el azar de los hechos, como los dados de un cubilete, se conjura de ese modo, no solo para señalar la pérdida o la ganancia del jugador, sino como una metáfora del funcionamiento del juego. La misma fantasmagoría de empresas inexistentes y el mismo malabar de transferencias bancarias por los vericuetos financieros internacionales en línea que han desplumado al ex ministro han servido de túnel de operaciones a la tropa de corruptos que se sientan hoy en el banquillo después de una trabajosa y dilatada labor policial, al albur de que las pruebas conseguidas no sean suficientes para condenarlos. Borrell recurrió en primer término a la comisión nacional del mercado de valores, el organismo público encargado de velar por la decencia de las operaciones financieras, y fue recibido con un encogimiento de hombros y el argumento de que la comisión era incompetente ante un presunto delito que se había cometido en la nube, y debía dirigirse a la policía. Aquí tenemos, pues, a un socialdemócrata cabal y notorio, en las fauces de los lobos de la globalización, desamparado por el mismo estado que ayudó a construir y al que ha servido con lealtad y competencia acreditadas. ¿Les resulta familiar la estampa? El siguiente paso es que el ex ministro se plante con una pancarta delante de alguna sede oficial, como un preferentista cualquiera, o peor, como un populista, a riesgo de que le apliquen la ley mordaza por respirar demasiado alto. La biografía política de Borrell ilustra como un manual de uso la mezcla de corrupción e impotencia que ha convertido al pesoe en una alternativa inviable. Antes de internarse en el lado oscuro de la fuerza, fue un político de nivel intelectual y probidad ideológica irrebatibles, que en 1999 se presentó y ganó las primeras primarias celebradas en el partido para designar candidato a la presidencia del gobierno, frente al candidato oficialista del aparato, hasta que un caso de corrupción del pasado del que habían sido responsables dos altos cargos de su ministerio fue la causa para que el partido le instara a renunciar a la candidatura (igualito que doña Aguirre ahora, ya ven) y el bastón del mando volvió al candidato del aparato, que, llegado el momento, perdió las elecciones frente a la derecha.  Hay que añadir que ni Borrell el fallido ni Almunia el derrotado vieron cercenadas sus carreras políticas, que siguieron provechosamente en la burbuja, tan cercana al cielo, de la unión europea, ese artefacto paralizado ahora y rodeado por la más numerosa manada de lobos nunca vista, desde Trump hasta la legión de nacionalistas xenófobos rampante en toda Europa. En la reciente crisis del pesoe, Borrell había vuelto a asomar la cabeza sin ocultar sus intenciones de protagonismo en la etapa que se abre tras la defenestración de Sánchez, tan parecida a la que sufrió él mismo. Pero la cuestión es, ¿a cuántos socialistas les tienen que robar la cartera los lobos del sistema para que el partido salga del aplaciente sopor en que lo tienen acunado los hijuelos de Felipe González?