El mundo occidental ha entrado en un estado febril y vive, como diría mi abuela, en un ay. Ahora California quiere independizarse de Estados Unidos. Han debido hacer números y han concluido que, por nivel de renta, producto interior bruto y demás indicadores al uso, podrán apañarse mejor solos. Después de todo, son la octava economía más grande del mundo. Es la clase de argumentación que se da en todos los países y regiones desarrolladas que están en trance secesionista. Además, los californianos deben pensar que son más guapos que los tipos de Indiana o Arkansas, lo que podemos atestiguar los espectadores de telefilmes y películas del resto del mundo. Cuando un cualquiera acaricia la idea emigrar a Estados Unidos piensa en California o en Nueva York, que bien pudiera también ser una ciudad-estado, en este retorno a la edad media al que nos lleva la era Trump. En el caso de California, la independencia sería, como poco, paradójica, pues en esta región del mundo está la matriz de la globalización, la sede de las grandes corporaciones tecnológicas cuya dinámica e implantación mundial han provocado los efectos que han nutrido la aparición de Trump y de los movimientos secesionistas, nacionalistas y xenófobos en todo occidente. El modo de producción californiano, para decirlo con un anticuado término marxista, basado en las tecnológicas, ha impulsado los grandes mercados inmanejables para los poderes públicos nacionales, ha fomentado el desempleo en los sectores industrial y de servicios por efecto de la automatización, ha destruido empresas de tipo pequeño y medio que constituían el tejido productivo de los países occidentales para sustituirlas por monstruos como amazon o facebook, y ha empujado el auge del capitalismo financiero, el dumping fiscal y la descapitalización de los estados. Y ahora, después de arrasar los sembrados de todo el mundo, ¿quieren poner aranceles en su finca? Vale que Trump es un tío feísmo, pero ¿hubiera podido llegar a donde ha llegado sin el constante apoyo de la industria del entretenimiento televisivo, que tiene su matriz en California y de la que el nuevo emperador era una estrella desde muchos años atrás? Todo indica que estamos ante un movimiento independista que no quiere la independencia sino mejorar la propia posición en las negociaciones sobre el reparto de la riqueza en el mundo fracturado y caótico que tenemos entre manos. California envía un mensaje a los innumerables fans de Star Wars, saga que empezó precisamente en su fábrica de sueños al mismo tiempo y con los mismos medios que la globalización y ha abducido a las dos o tres últimas generaciones de bípedos implumes de este planeta: ya estamos en el reverso oscuro de la fuerza. Lo asombroso es que esa rana disléxica, Yoda, nos hacía la misma gracia que Trump porque parecían formar parte del elenco de la misma película. ¿Cómo ha podido ocurrir?
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