Dentro de unos días he comprometido mi participación en un encuentro-coloquio de una asociación cultural de mi pueblo, y el organizador, un viejo amigo, me ha pedido el currículo para la presentación. El currículo tiene que ver, como el nombre latino indica, con la carrera, pero ¿qué sentido tiene cuando la carrera ha terminado? Sugerí a mi amigo que la presentación se ciñera a la única evidencia comprobable y que podría resumirse en pocas palabras así: el tipo que asiste hoy aquí está razonablemente vivo y espero que eso sea suficiente. No obstante, no quise parecer descortés con mi amigo y le envié un currículo datado hace ya algunos años, que guardaba en un remoto archivo informático, de cuando el referido aún estaba en la lucha por la vida. Volví a leer lo escrito en aquel papel y, si bien los datos que se aportaban parecían exactos a la luz temblorosa de la memoria, el conjunto ofrecía una extraña apariencia de irrealidad. ¿Es posible que yo haya sido todas esas cosas que se dicen ahí, que haya usado todas esas máscaras, que haya atravesado todas esas circunstancias de las que nadie más tiene memoria? Llegado a cierto punto, el currículo te devuelve una imagen de ti mismo exagerada, retorcida, grotesca. El currículo es una herramienta administrativa para el medro profesional y tiene dos fases y dos funciones fácilmente discernibles. En la primera, los jóvenes acumulan datos para el currículo como los tuaregs acumulan agua y dátiles antes de emprender la travesía del desierto, en la confianza de que esa reserva ayude en el largo e incierto camino que les espera. Pero, cuando la caravana ya está en marcha y el que fuera joven monta la grupa de un hermoso camello bajo un baldaquino de seda, el currículo se convierte en las gualdrapas que dan noticia de su rango y masajean su vanidad. En 2012, un hombre que ya soñaba con ser ministro agradeció que lo presentaran en cierto acto de relumbrón como doctor por Harvard, lo que no era, y esta bola se deslizó inercialmente por webs institucionales y actos oficiales, emboscada en una ambigua redacción curricular, hasta que, nombrado ministro el otro día y sometido su pasado al rutinario escrutinio público de estos casos, se ha descubierto la mentira de su doctorado. Álvaro Nadal aparece como un personaje típico de la alta administración para los que la travesía del desierto es un carrusel de cargos de confianza, asesorías diversas, puertas giratorias, becas sustanciosas y estancias académicas en universidades de vitola que, por sí mismas, nada dicen de la probidad del personaje al que envuelven como un capullo de oro. En el país de la picaresca en el que los hidalgos se pintaban las nalgas con tintura escarlata para enmascarar los agujeros de los calzones, un par de cursos informales en una universidad, becados por el gobierno, bien pueden simular un doctorado. Lo curioso es que el falsario llega a creerse que lleva calzones cuando los aduladores de rigor glosan admirativamente el brillante color rojo de su culo.