El vagabundo ha dejado atrás el escenario de la pelea y se aleja hacia el punto de fuga de un paisaje vacío en un plano general que anuncia la palabra fin. Así terminan las películas de Charles Chaplin. El mensaje del comediante es ambiguo: el personaje parece dirigirse hacia la libertad pero viene de la derrota. Como Pedro Sánchez, que, si ha cumplido su propósito, ya debe estar en carretera. Ha puesto el vehículo en marcha sin saber si es un mesías, un peregrino, un vagabundo o un fracasado. Lo único cierto es que ha partido ligero de equipaje, casi desnudo, después de despojarse abruptamente de su inmediato pasado ante los telespectadores. Va en busca de la militancia, un referente abstracto, un ente imaginario, como la gente o el pueblo, una fantasmagoría, ahora que estamos en Halloween. La política y los negocios del poder los hacen estructuras organizadas y él debe saberlo bien, porque se ha criado en una de ellas. Los habitantes de ese hormiguero del que hasta ayer él era el patrón ya han empezado a tirarle piedras, y aún no ha dado la vuelta a la esquina. Los sedentarios detestan a los trashumantes, y más si prevén que van a merodear en su corral. Sánchez, vagabundo del dharma, se ha revelado un personaje tenaz y pundonoroso, pero no es un ideólogo ni un estratega, y el orgullo herido es mal consejero en política. También eso debe saberlo porque ahora él es el cadáver que pasa ante la puerta de Rajoy, cuyo papel en la corrupción calificó, no sin razón, de indecencia, sin que al aludido se le moviera ni un músculo de la cara. Las declaraciones de Sánchez son siempre obvias, de vuelo gallináceo, y delatan su educación política en una organización de modelo leninista: un lenguaje pragmático y adaptativo, de madera, se dice ahora, un doblepensar, para expresarlo en términos orwellianos, que sirve para un objetivo y para su contrario según las circunstancias. El territorio de la izquierda está hoy devastado, como después del paso de un ciclón, y no es raro que por él pululen individuos desnortados en busca de cobijo, aunque es más dudoso que lo encuentren. Después de las pedradas de sus correligionarios, Sánchez ha encontrado entre los podemitas una respuesta que quiere ser vagamente comprensiva pero que se parece mucho al dios le ampare con que antaño eran recibidos y despedidos en un mismo instante los mendigos excedentes de cupo. Vivimos una época convulsa, en la que casi cualquier acontecimiento es posible, como se ha visto, pero resulta improbable que Sánchez pueda arrastrar tras de sí a un pequeño, forzosamente pequeño, ejército de sans coulottes procedente de los desencantados del pesoe que resulte políticamente operativo, y si lo consigue provocará un cisma. La socialdemocracia necesita algo más que un peregrino mesiánico para alzarse sobre sus ruinas y, en cuanto a la izquierda en su conjunto, es hoy una abarrotada patera en alta mar y lo último que necesita es otro náufrago, tanto menos si, como es el caso, ha sido en buena parte responsable del naufragio.
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