La edad lleva a la desafección, y personas y cosas a las que creías estar vinculado por sentimientos y experiencias compartidas se tornan indiferentes, ajenas, lejanas. Hace ya tiempo que he dejado de leer el diario de referencia, que ha sido mi compañero y mi alimento intelectual durante cuatro décadas. No soporto la parcialidad, el resentimiento y la mala fe que destilan sus páginas hacía lo que es nuevo; no soporto su impostado liberalismo que le hace pasearse por la realidad con los ojos orgullosamente cerrados. No soporto que se haya convertido en un viejo engolado y avaricioso de sus rentas, que hace aspavientos cada vez que los hechos empíricos contrarían sus intereses. Pero, ay, aún habitan sus páginas algunas, no muchas, de las firmas a las que debo iluminaciones memorables y me resulta imposible sustraerme a la atracción de su lectura por si conservaran la energía que me inspiró antaño. Una de estas firmas es la del historiador José Álvarez Junco, al que debemos un libro impagable –Mater dolorosa– sobre los orígenes y la naturaleza del nacionalismo español. En las páginas de opinión de la edición de ayer, este autor escribía un artículo titulado Sobre la libertad, que era una glosa de la obra del mismo título de John Stuart Mill. Leí la pieza con impaciencia, maliciándome el sentido del discurso, que era, en efecto y como se descubría en el último párrafo, una argumentación ad hominen contra el líder podemita por los sucesos de la universidad autónoma de Madrid. ¿Es pertinente una lección de moral política de primero de carrera para juzgar estos hechos?, ¿no hay más matices en el hecho juzgado que el concepto de libertad que formula Stuart Mill?, ¿no ha habido otros desarrollos posteriores sobre la noción de libertad, por ejemplo, los que contemplan la desigualdad material que la hace imposible? Dejemos de lado, para no caer en la demagogia, que el autor escribe en defensa de la libertad de expresión de quienes le pagan el artículo. La primera apariencia del suceso de la uam es que se trata de un teatrillo. Veamos: dos de los personajes políticamente más poderosos del país, que disponen a diario de cuantos foros de opinión quieran, concurren juntos a un innominado acto académico del que no se ha explicado ni el contexto, ni la naturaleza, ni el propósito, cuando son boicoteados por quizás dos docenas de estudiantes, provistos de la correspondiente parafernalia de pancartas y embozados con unas ridículas máscaras de cartón. El boicot, no exento de algunos forcejeos de los boicoteadores con los ujieres de la universidad, tiene lugar en un estrecho y abigarrado pasillo frente a la puerte de lo que parece ser el aula donde ha de celebrarse el acto. Los ponentes no aparecen, el acto no se celebra y eso es todo. Demasiado poco para que lo sucedido tenga una importancia real pero suficiente como material inflamable para la propaganda. En la subsiguiente ceremonia de la confusión, unos y otros adoptan el papel que se espera de ellos. El hiperactivo activista podemita defiende el boicot y todos los portavoces del establecimiento al unísono se rasgan ruidosamente las vestiduras por el ataque a la libertad de expresión. Es un juego aceptado por ambos bandos, uno de los innumerables festejos dialécticos que pueblan el calendario desde hace un par de años. ¿Y qué hay del dramatis personae o casting, como se dice ahora? Pues, de una parte, tenemos dos personajes orondos, hinchados de honores y prebendas, de ojillos maliciosos y párpados entrecerrados, como los directores de la granja de Orwell, si hemos de tirar de citas de clásicos, que permanecen tras bambalinas y nadie ve pero que operan como deus ex machina de la acción, y, de otra, sobre el escenario tenemos a un coro o turba de estudiantes condenados a la precariedad y al desempleo, enmascarados para la función, encantados de haberse convertido durante unos minutos en la banda callejera más popular del barrio. Me pregunto si Stuart Mill hubiera perdido ni un segundo en pensar sobre esta comedia.
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