Ningún oficio a este lado del código penal es más despreciable que el de portavoz de un partido político. Cuando abren la boca no se refieren a hechos empíricamente probados, ni sirven a la lógica, ni pretenden ser persuasivos, ni siquiera formulan inmutables dogmas de fe porque sus deposiciones cambian de sentido en cada ocasión. No dan razón, ni luz, ni consuelo, ni a fieles ni a escépticos. No son maestros, ni curas, ni poetas, ni filósofos, y sin embargo, ahí están, amorrados al micrófono, que es la cátedra y el púlpito de nuestro tiempo. Hablan como escupen y, en efecto, el público recibe sus palabras como salivazos. Unas veces es una espumilla que sus escasas dotes de malos actores les impide retener entre los labios y otras, un gargajo que necesitan expeler para marcar el territorio. El ministro de justicia, en funciones de portavoz, ha calificado de injusta muerte civil el destino del trapisondista al que la opinión pública ha logrado apear de un puesto representativo en una institución internacional, al que había sido elevado sin ningún mérito especial y con algún demérito notorio por las maniobras de su banda. El salivazo del ministro ha sido formulado como un enfático arabesco porque no hay ninguna muerte, ni civil ni de ninguna otra clase, en este hecho, a menos que corresponda también la condición de muertos civiles a los innumerables trabajadores despedidos de sus empleos, a los funcionarios preteridos en el escalafón, a los dependientes privados de recursos y, en general, a todos a los que se les impide alcanzar el máximo de las potencialidades de su carrera sin haber jamás defraudado al fisco, operado en paraísos fiscales o mentido en público. Porque si así fuera, el ministro de justicia y su gente gobernarían sobre un cementerio. ¿En qué momento de este estado de corrupción permanente el lenguaje del foro devino en germanía?