Sé que es de mala educación y un tanto hortera recordar yo ya lo dije cuando acaba de ocurrir algún estropicio pero yo ya dije ayer en esta bitácora que tendríamos un gobierno de centroderecha con la muleta del pesoe. Las urnas se han encargado de marcarle el camino a Sánchez de manera inequívoca. La de ayer fue una victoria clara del conservadurismo y contra cualquier reforma. Reacción en estado puro. La progresía de este país tiende a olvidarse del macizo de la raza en sus momentos de euforia. Por edad, me considero un progre escaldado y poco propenso a la euforia, y si alguna vez me dejo intoxicar por sus efluvios, ahí está mi amigo Quirón para apearme de las nubes, así que la predicción no tiene mérito. Las encuestas alimentaron la euforia, ignorando el dato básico de que los más viejos del censo están educados para guardar silencio sobre sus pensamientos, actos e intenciones, ya sea ante la guardia civil o ante el entrevistador del sondeo demoscópico. Tú no te signifiques, fue la consigna de nuestra generación, si bien algo debió influir también en la decisión ante las urnas que el gobierno adelantara cuarenta y ocho horas el ingreso de las pensiones del mes en las cuentas de los jubilados. Es lo que los expertos llaman el voto oculto que ayer afloró a borbotones y dejó a todos pasmados, incluido a Rajoy cuya proverbial impasibilidad parecía afectada días antes por la unánime euforia en su contra de la que participaba incluso su antiguo padrino Aznar. Acaso la sorpresa mayor fue para los ciudadanos de Rivera, cuya caída revela la extrema fragilidad del liberalismo político en nuestro país. Debieran recordar lo que dijo otro viejo resentido como Pío Baroja: “En España siempre ha pasado lo mismo, el reaccionario lo ha sido de verdad y el liberal lo ha sido muchas veces de pacotilla”. En esas estamos. La izquierda debiera hacérselo mirar. La mitad de los votos perdidos por el pesoe lo han sido en Andalucía, donde, por último, han sido rebasados por el pepé, y, en cuanto a los podemitas, llama la atención que los mejores resultados los hayan obtenido en Euskadi y Cataluña, las dos circunscripciones donde prima una fuerte conciencia nacional que no se identifica como española, lo que establece cierta similitud con lo ocurrido hace cuatro días en Reino Unido para explicar la geografía de la respuesta a la crisis. Otro rasgo que nos recuerda a lo ocurrido en Inglaterra: Iglesias recurrió el pasado abril a un referéndum de sus bases para confirmar lo que a todas luces fue un error estratégico monumental cuando impidió desalojar al pepé del gobierno. Hay algo, sin embargo, que no imitaremos de los ingleses: aquí no habrá dimisiones. La buena noticia es que tampoco habrá tercera vuelta de las elecciones.
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También ocurre que una buena parte de la clase media española «progresista», entre ellos muchos escritores e intelectuales (orgánicos), votaban a izquierda unida cuando sabían que no podía ganar, pero se han acojonado al pensar que alcanzarían tal vez los escaños suficientes como para inquietar su cómoda instalación social. El número de conocidos y amiguetes míos que han votado nulo o en blanco o no se han dignado ir a las urnas es sorprendente, y todos esgrimen argumentos de una sutil hipocresía. Espero que delante de mí no vuelvan a echar pestes de la ley mordaza, las leyes laborales o la corrupción de la derecha o de los sociatas.