La más memorable secuencia de la célebre película de Roman Polanski es la última, precisamente la que da título al filme. En el castillo transilvano celebran una fiesta de aniversario y de la cripta salen generaciones y generaciones de vampiros y juntos bailan un minué muy ceremonioso. Lo característico de estos encuentros es su ensimismamiento: el entusiasmo ritual que muestran los asistentes por el hecho de sentirse juntos y celebrarse a sí mismos. Estos rasgos y el hecho de que también pertenecen a una elite extractiva emparenta el baile de los vampiros con las convenciones partidarias. El patrono del conciliábulo es un tipo convincentemente inquietante, con un ego rebosante si bien un poco ajado, que apadrina el encuentro y, para que todos comprendan que la dinastía sigue viva, entroniza a su sucesor, y lo hace con la arcana fórmula heredada de la oscuridad del pasado, donde solo los vampiros ven luz: ni tutelas ni tu tías, y esa es toda chispa humorística que puede rastrearse en el encuentro. Fin de la fiesta.
La celebración, sin embargo, no consigue conjurar la inquietud reinante en la comunidad. Ahora ha aparecido entre ellos una nueva especie de la que aún no tienen claro si son sus primos o su vanhelsing. Los recién llegados disputan con los habitantes del castillo el dominio de Transilvania (no confundir con Tabarnia, donde habitan los primos chistosos), tienen colmillos y, por lo que se ha visto en el reino de Boabdil, vuelan como rayos. El nuevo príncipe de las tinieblas es un muchacho gritón e hiperactivo que parece estar en todas partes, como el drácula de las pelis, y que ha apostado por neutralizar a sus competidores adventicios mimetizando su discurso y sus tópicos. Quiere dar miedo, mucho miedo, porque en su mundo el miedo es el prerrequisito del amor y la única vía a la sumisión. Sin embargo, el joven no puede evitar que la capa voladora que se ha echado sobre los hombros le venga grande y le dé un aire de disfraz de halloween. En la convención del pepé se ha roto la cadena de miedo como en los procesos nutricionales defectuosos se rompe la cadena de frío. El padrino don Aznar se ha manifestado como una entidad errática y exhibicionista y el sucesor don Casado, como un aprendiz desenvuelto e inmaduro. El tercero en discordia, don Rajoy, él único que ha demostrado que puede hacerse una política vampírica sin enseñar los colmillos (recortes en los salarios, empleos, servicios sociales y pensiones, y rescates a la banca, cajas b y una corrupción inabarcable), estuvo en la fiesta como una sombra muy aplaudida. No se sabe qué significa este síntoma.